miércoles, 29 de septiembre de 2010

LA GÁRGOLA CERS - RESORT




(Inspirado en las pesadillas de Antonio Linares, de su columna CREARADICCIÓN, agosto 2010)



Hoy inauguramos por fin nuestras nuevas instalaciones y estamos convencidos de que va a ser un éxito. De hecho ya tenemos todas las habitaciones reservadas y algunos interesados en lista de espera.

Cuando iniciamos esta aventura volcamos todo nuestro entusiasmo en el proyecto, convencidos de que cuando se trabaja por el bien común la respuesta siempre es positiva. Aunque jugábamos con ventaja puesto que conocíamos la necesidad de nuestro programa de primera mano.

En LA GÁRGOLA CEDRS - RESORT, (Centro de Educación, Desintoxicación y Reinserción Social), solo hay una condición para aprovecharse de nuestros servicios: Ser quiosquero. Imprescindible ya que todas las terapias están orientadas a la desintoxicación y posterior recuperación de los cerebros dañados por años de desgaste. Aunque nuestras sesiones puedan ayudar a otros sectores decidimos especializarnos en los vendedores de prensa, pues nos pareció un colectivo que requería ayuda urgente.

Como no quiero que la ilusión por el proyecto embelese mis palabras, me limitaré a enumerar las actividades que hemos diseñado y que se anuncian en el tríptico promocional de nuestro centro. Veréis que algunas de las terapias son duras y que requieren mucha fuerza de voluntad, pero son la única alternativa si queréis volver a ser personas normales sin adicciones que os encarcelen. Nosotros ponemos los medios, vosotros las ganas de reinsertaros.

1er DIA: CV - CÁMARA VACIA. Horario: de 6:00 a 22.00 h.
La CV, es una estancia de 10x10 metros insonorizada y con una iluminación tenue que solo contiene un W.C. situado en el centro. Al paciente solo se le suministran bebidas isotónicas durante su permanencia en la sala y por unos altavoces integrados en el techo se programan sonidos acuáticos, como el de abruptas cascadas, grifos abiertos y ríos que fluyen burbujeantes.

En este ambiente insólito, el paciente podrá escuchar a su organismo y liberarlo de la tensión y la opresión de su vejiga. Cuando quiera, cuando el cuerpo lo pida, tendrá a su disposición un moderno excusado donde dejarse ir sin pedir permiso. Al mismo tiempo que toma consciencia de la existencia del vacío en un espacio diáfano donde mire donde mire, no le devuelve la mirada ninguna Hello Kitty impresa en cartones. También y no menos importante Belén Esteban no vigilará sus movimientos.

Al ser la primera fase, al terminar, algunos pacientes lloran desconsolados y dan mil gracias por el bien que les hemos hecho.

Otros, los casos más graves, se desmoronan y quieren abandonar la terapia. Así que para controlar su adicción los encerramos durante una hora en un cuarto minúsculo, lleno de paquetes que les impiden moverse. A modo de "descompresión" esta reclusión les ayuda a superar el trauma.

2º DIA: AULA DE EMPATÍA PROPIA Horario: de 9:00 a 12.00 h. y de 17:00 a 20:00 h
Supervisado por los mejores psicólogos, esta terapia grupal, ayuda al individuo a exponer sus preocupaciones por turnos. Por una vez, los demás escuchan en lugar de hacerle receptor de desgracias ajenas. Durante veinte minutos, el paciente explica a los demás que dolencia tiene, los problemas que le acucian y sus congojos personales y de su familia. Durante este tiempo, el quiosquero aprende que él también importa y recupera su derecho a la compasión. Por una vez se convierte en el protagonista y durante su turno nadie lo utilizará como esparring al que boicotear el ánimo a base de basura ajena. Así superamos el síndrome de "Máquina Expendedora" que cada cinco minutos tiene que soportar situaciones incómodas escuchando desgracias de gente que no conoce. A la afirmación de: ¡Es que yo estoy muy mal! ¡Usted no sabe lo mal que lo estoy pasando!
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Les enseñamos una consigna que los inmuniza frente a dichas agresiones gratuitas y con la que acabamos la clase: ¡No me importa una mierda!. Gritamos todos al unísono, ¡Yo también tengo un grano en el culo y quiero que se sepa!

El resultado es tan satisfactorio que los asistentes siempre nos felicitan y se van a descansar hasta la noche, donde les programamos una visita guiada por la residencia para que se sientan más a gusto.

3er DIA: AGENDA MUERTA. Horario: de 10:00 a 24.00 h.
Esta es una fase muy dura donde se apoya al residente con estímulos radicales y donde si no se cumplen los objetivos castigamos al individuo sin cenar.

Una vez abierta la agenda se pone a disposición del enfermo un teléfono con tarifa plana, con el objetivo de que restablezca relaciones con amigos y familiares con los que hace tiempo perdió el contacto. Para ayudarlos con la tarea les suministramos un planing mensual para que anote sus citas y organice los encuentros. Durante todo el tiempo que dura la sesión estará acompañado por especialistas del centro para asesorarle en el proceso de superar los miedos y descolgar el teléfono para llamar a gente que os olvidó, porque nunca podíais quedar. Al principio siempre están desmoralizados y algunos se niegan por miedo al rechazo. Como soporte, los abofeteamos hasta que descuelgan el auricular y marcan el primer número de la agenda.

4º, 5º y 6º DIA: VIVE LA VIDA LOCA Horario: de 24:00 a 7.00 h.
Este ejercicio se puede realizar en solitario aunque nosotros recomendamos organizar pequeños grupos de trabajo donde el equipo ayude a superar cualquier síntoma de debilidad.

Durante tres noches seguidas se les transporta al barrio con más ambiente fiestero de la ciudad y se les abandona a su suerte con un talonario de entradas a los lugares más bulliciosos de la vida nocturna.
Como auténticos supervivientes deberán superar tres noches de ocio desmedido, sin la acuciante amenaza del madrugón acostumbrado. Podrán beber, bailar y relacionarse sin mirar el reloj, del que les privamos, para controlar la hora de irse a dormir. También se recupera la sensación de ser un individuo normal, que compagina trabajo con diversión y ayuda a disipar el miedo a no levantarse a la hora.

Si alguno se hecha a tras o pasada la media noche se pone ñoño, el resto del grupo tiene permiso para insultarle llamándolo muermo y se le obliga a pagar las copas.

7º DIA: DUERMOTERAPIA Horario: de 6:00 a 12:30 h.
Para contrarrestar los efectos del desenfreno al que les conducimos.
El séptimo día, Domingo, el paciente es atado a la cama hasta el mediodía induciéndolo al sueño mediante sustancias secretas que lo mantienen en un placentero estado de letargo para evitar que se resistan a la imperiosa necesidad de levantarse después de escasas horas de descanso.

En el caso de que las rampas y los dolores musculares sean insoportables se concederá al paciente la oportunidad de cambiar de postura, eso si, sin levantarse hasta finalizar la sesión.

Transcurrida la primera semana de terapia se realizará una entrevista privada para valorar el estado real de cada residente. Se completan varios test que confirmaran el grado de desintoxicación y el resultado de las medidas de integración en la sociedad. Si la valoración es buena, nuestro centro, le invita a seguir con el tratamiento en una segunda fase. Donde esta prohibido bajo riesgo de expulsión, acercarse a cualquier publicación, ver cualquier noticiario y hablar de trabajo durante al menos un mes.

Solo optarán a las plazas aquellos residentes que previa analítica de sangre y orina estén completamente limpios de residuos de tinta en su organismo. La mala leche también se tendrá en cuenta en el momento de la selección.

En LA GÁRGOLA CDRS � RESORT tenemos vocación de servicio, y por eso programamos estancias personalizadas para casos especiales. Solo tienes que exponer tu caso a uno de nuestros operadores, que tras asignarte un código, rellenará tu ficha.

Para más información sobre tarifas y reservas consultar en:

www.lagargolaimpasiblecdrsresort/info.cuestionario/registro.com


Atentamente.
La dirección.

viernes, 10 de septiembre de 2010

LAS REGLAS DEL JUEGO



"A la memoria de todos los quiosqueros que se han visto forzados a cerrar sus negocios por no poder elegir un servicio adecuado a sus ventas."



En aquel sótano del barrio viejo de la ciudad, la humedad espesaba el aire intoxicado por las volutas de humo de habano que alguien saboreaba.

Cuando llegamos, mi padrino, se limitó a mostrarme una silla vacía frente a una mesa desnuda. La débil luz de la lámpara colgada sobre los muebles no llegaba a descubrir los rincones de aquel antro, pero bastaba para dibujar el rostro de un hombre silencioso que esperaba sentado en otra silla, al otro lado de la mesita.

Al fondo, desafiando la penumbra; brillos, sonidos y sombras que se desplazaban me confirmaba que había más gente que me observaba, pero al no verlos con claridad, me parecía un enorme monstruo con varias cabezas y múltiples brazos que se agitaban nerviosos.

Mi anfitrión puso su mano sobre mi hombro, sin afecto e hizo un gesto para que me sentara. Al hacerlo, el rostro del otro implicado quedó a la altura de mis ojos y nos miramos con curiosidad escudriñando más allá de las pupilas. No nos conocíamos, jamás nos habíamos visto pero en ese instante yo supe de él, y él de mí y nos comprendíamos sin lagunas, llegándonos al alma el uno al otro con un lazo perpetuo.

Un objeto entró en escena, algo negro, duro y metálico que dejaron sobre la mesa. El revolver había quedado con el cañón apuntando hacía mi pecho con un mal presagio poniendo a prueba mi temple. Respiraba nervioso, el momento se acercaba y aunque los acontecimientos se precipitaban, todo parecía pasar con lentitud, fraccionado como en los sueños.

El responsable del tugurio explicó con voz pausada cual eran las reglas de juego, y su voz rasposa y profunda, produjo un leve eco en la estancia.

Antes de que las circunstancias me llevaran a aquella situación de oscuro final, un tipo como yo, jamás pudo pensar en verse envuelto en tan terrible paradigma. Fueron los malos tiempos los que me arrastraron hasta aquella inusual escena. Meses de mala racha, medidas desesperadas que no solucionaron mis problemas, callejones sin salida que me conducían como en un laberinto en el que se ha olvidado el camino de vuelta hicieron que ahora me sentase frente a un desconocido que encontró otro laberinto que no supo descifrar. Y ahora, los dos, en silencio, escuchábamos las últimas palabras que enumeraban las reglas en las que se basaba el espectáculo de aquel circo romano.

En realidad, no hacía falta saber más que se trataba de: él o yo, del azar y de tenerlos muy bien puestos. Si todo salía bien, podría dejar el sótano y seguir con mi vida durante algún tiempo. Hasta el próximo encuentro.

Saber que mi oponente era quiosquero, como yo, que sus motivos eran parecidos a los míos y que lo que pasara aquella noche afectaría a sus allegados fuera cual fuera el destino que eligiera el proyectil del revolver, no me ayudo a empatizar con el tipo. La decisión estaba tomada y ya era tarde para echarse atrás.

Lo más sórdido de la velada era intuir como los espectadores se frotaban las manos y mostraban los dientes con grandes sonrisas de satisfacción. Ellos dirigían aquel teatro de títeres de abyecto libreto, donde solo sabían representar tragedias. En sus manos estaba la elección del bufón de turno que les distrajera la velada, quitándose dos problemas de una sola vez. Por un lado tenían un quiosquero menos y por el otro a un quiosquero acojonado que resultaría aún más sumiso. Ellos tenían tiempo y recursos para minar la moral de aquellos miserables con continuos avisos sobre sus intenciones. Hacía tiempo que ya no necesitaban una red de distribución como antaño, ahora les sobraban colaboradores. Así que idearon una fórmula de desgaste, acortando plazos de pago, obligando a asumir lotes de género obsoleto y rebajando comisiones con el fin de hacer inviable la gestión de sus subarrendados. De esa forma, con la paciencia de los lobos, desgastaban la moral de los elegidos sin tener que entrar en conflictos legales y dar explicaciones de cual era su intención real.

Si a pesar de todo, el quiosquero se resistía y seguía luchando, cumplía con los pagos, se mantenía callado y se aferraba a los contratos firmados, unos hombres de traje gris, le visitaban cuando estaba a solas con un ultimátum que debía zanjar la cuestión.

 Por cabezón, te has ganado el derecho de disfrutar de nuestros servicios, unos meses más.- Le decían sin quitarse las gafas oscuras ni aun dentro del local - Lo malo es que en esta zona sois demasiados y a nosotros con un solo vendedor nos basta, así que tendrás tu oportunidad, eso si tienes redaños.

Entonces le explicaban, de que trataba el juego, una trampa vil donde ellos no se ensuciarían las manos y que abocaba al desgraciado a una lucha final por su bienestar.

Enfrentándose a un semejante, en la penumbra de un lugar incógnito, en un combate desesperado por la supervivencia, la fortuna decidiría quién seguía adelante y quién no.

Para los capos aquello era un divertimento, al día siguiente celebrarían tener una preocupación menos que perturbara su rutina y con despreocupada malicia mandarían a los hombres de traje gris a visitar al nuevo candidato que amenizara sus noches de desenfreno. Tenían de sobras donde elegir y les convenía hacer limpieza, liquidar sus cuentas minimizando sus perdidas. Haciendo que otros se la jugaran por ellos.

Era mi turno, con mi garra de gárgola, sujeté la pistola y amartillé el percutor apoyándome el cañón en la sien. O él, o yo. En aquel barrio solo debía de quedar uno.

jueves, 26 de agosto de 2010

DURA, LO QUE DURA DURA



...Y después del éxtasis, si no hay amor, queda el vacío. Es como beber por beber o reír los chistes del gracioso de turno por compromiso. Las cosas hay que sentirlas, acariciarlas y sobre todo disfrutarlas, de lo contrario no solo no se aprovechan si no que te amargan la existencia.

El espíritu luchador e independiente de la Gárgola, difícil de domesticar durante décadas, encontró la horma de su zapato cuando se instaló en el quiosco. Pensaba que por fin su errática vida tenía un pequeño oasis donde establecerse y asegurarse el sustento. Como era su decisión no le importó encadenarse a horarios terribles que empalmaban días y días alejándole de la vida libertina que llevaba hasta entonces. No se amedrentó ante la dificultad y se mantuvo firme y autoritaria cuando las cosas se torcían, demostrando su talante dispuesto y siempre resolutivo.

Cuando algo no le pareció justo, se enfrento con quién fuese el responsable, exigiendo la pertinente rectificación. Apeló a organismos, alzó la voz y reunió aliados... Pero al final, siempre volvía sola a sus quehaceres, cada vez un poco más exhausta, y los años pasaron tan deprisa que cuando quiso darse cuenta la juventud le había abandonado, y aunque rica en experiencia su energía ya no era la misma.

Para colmo de sus males llegaron las vacas flacas (Según el libro sagrado siete años de penurias) y se dio cuenta demasiado tarde de que el abrevadero de su espíritu estaba casi seco.

Con urgencia busco remedio para su mal y el boticario le preparó un emplaste que maquillaba su sarna, pero no la sanaba, así que el mal fue apoderándose de sus huesos hasta hacerlos frágiles y el hecho de ponerse en marcha cada madrugada cada vez era más dificultoso.

Ahora ya no disfruta con su oficio, porque ya no es un trabajo en el que volcar su ilusión, es una guerra, una terrible lucha contra la sequía, una incertidumbre que acongoja.

Una buena consejera (Rosy) le dijo un día que sería bueno que en vez de pasarse el día reivindicando debería de centrarse en ordenar su agenda en términos comerciales, y tenía mucha razón, pero amiga mía, la cosa dura lo que dura dura, y para los quiosqueros no hay Viagra patentada que anime el asunto. Así que nos contentamos consolándonos unos a otros, como deben hacer los colegas.

Arrieros somos y en el camino nos encontraremos. Falta definir quién va de ida y quién está ya de vuelta. Quiénes llegaran a su destino y cuantos se quedaran en el trasiego de despropósitos que el sistema nos impone.

Mientras "la cosa" está dura, el corazón bombea y la adrenalina fluye. Los sentidos se agudizan y el deseo de culminar mantiene la excitación, las ganas de conquistar y en definitiva la ilusión. ¿O es al revés? Y es la ilusión lo que la mantiene dura.

¡Vaya dilema!, Sin ilusión, sin píldoras azules ¿Qué mantendrá la excitación?

El pan nuestro de cada día, que a mi nadie me da, se transforma en mendrugos duros de roer y aun así lo saboreo porque es lo único que tengo. Y me contento, pero no sacia mi apetito.

Tiempo atrás, la gárgola empecinada y corrosiva no hubiese dudado en hacer borrón y cuenta nueva, cambiar de aires y embarcarse en una nueva aventura pero hoy las cosas no son tan sencillas. Ya no es joven y la artrosis se afianza en sus alas de murciélago, por eso no levanta el vuelo y sigue anclada al quiosco capeando como puede las interminables jornadas.

Es virtud de los jóvenes estar siempre dispuestos, a punto para cualquier lance, "duros" como el mástil de un velero. Y su ilusión capaz de arroyar a quién se interponga, por eso pienso que son ellos a los que hay que escuchar, preguntar y respetar porque son los que modelan el futuro y siempre van un paso por delante en cuanto a fantasía e ilusión.

No escuchar a los mayores, a veces es sano. Dejarse llevar por la inocencia siempre es sabio.

¿Es ésta una profesión para viejos? ¿Hay futuro para gente joven que quiera zambullirse en esta sacrificada elección? ¿Cómo haremos para que nos transmitan sus necesidades?, y nos planteen nuevas rutas a seguir.

Como os digo, la cosa dura, lo que dura dura, y el paralelismo entre la excitación y el objeto del deseo mantiene las vergas en alto el tiempo que haga falta. Solo sangre nueva, virgen y sin vicios puede encontrar la manera de desmontar los diques que no dejan fluir este río y lo estancan hasta putrefactar sus aguas.

A ellos, aún se les pone dura.

Nota: Como sé que más de un quiosquero se sentirá ofendido en su hombría quiero decirle que en este artículo nunca se habló de sexo. ¡Salud hermanos!

jueves, 12 de agosto de 2010

MEA CULPA



Ya en otras ocasiones he dejado entrever mi pensamiento acusador para con los profesionales del sector. Como siempre, no solo no me excluyo de mi implicación en el drama, si no que asumo ser el saco al que hay que apalear.

Mirándolo desde fuera, desde el punto de vista de una persona ajena al sector, nuestro negocio es una apuesta segura. Un negocio limpio donde la inversión en cuanto al producto, siempre se recupera y en el que no existen mermas, ni, a poco que se controlen, productos perecederos. Tampoco requiere un capital desorbitado, ni apuestas por genero que pasa de moda con el fin de temporada. Por lo tanto a priori es una buena apuesta si uno quiere ganarse la vida de forma independiente. Solo hay que estar dispuesto a trabajar más horas que nadie, sacrificando la sana costumbre de relacionarse con la familia y amigos.

Para muchos eso es suficiente, pero la realidad es que el valor de una hora de trabajo se mide por la rentabilidad que esta produce y en nuestro caso hay una clara inversión de términos.

- ¡ Yo trabajo más que nadie!, ¡Sin fiestas! ¡Sacrificando horas de sueño! ¡Pobre de mí, que nadie me entiende!

Las reglas del juego siempre estuvieron claras y ya desde el primer día, cuando firmabas los acuerdos con los distribuidores, saliste del despacho del responsable de zona pensando que te habían tratado como una mierda y que te estaban haciendo un favor. Y aun así, seguiste adelante porque creías en tu sueño y estabas seguro de tu capacidad de trabajo, pensando que si lo ponías todo de tu parte, el negocio (un negocio redondo), acabaría por cuajar y con el tiempo, quién sabe, reducir la jornada laboral, o contratar a un sustituto para los fines de semana.

Pero eso no es suficiente. Los quiosqueros han estado demasiado tiempo petrificados como gárgolas, dejando el tiempo pasar, asustados en sus conchas, confusos frente a facturas encriptadas (Que muchos ni siquiera repasan porque son abrumadoras), dejándose llevar por las circunstancias y acatando cualquier decisión que les impusieran, por descabellada que esta fuese.

Creímos que con nuestro buen hacer y el máximo compromiso era suficiente y nos anclamos en un puerto seguro incapaces de correr riesgos.

Y nos olvidamos de que los tiempos cambian. Ahora se vende menos y con menos porcentaje de comisión. Hay más títulos que controlar (Cabeceras que triplican el mismo contenido con tres formatos diferentes), menos distribuidores, más monopolio, más obligaciones (cartillas, cupones, reservas garantizadas...), más dependencia, menos capacidad de decisión y por lo tanto menos porvenir. Pero no vale echarle la culpa a otros, de nada sirve lloriquear.

En todo el tiempo que llevo en el sector solo he escuchado una voz que reclamó con contundencia sus derechos y me hizo abrir los ojos. Su propuesta no era nada convencional y hurgó en las llagas más profundas del sistema.

En su discurso nos contaba que, como empresarios, el precio final del artículo que comercializamos era potestad nuestra y por tanto había que negociarlo con el productor, estudiando su rentabilidad final. La cosa tiene su lógica ¿no?.

Yo, sé que quién defendía este sistema, sigue creyendo en la fórmula y que no se cierra en banda en cuanto al redactado del acuerdo. Pero no entiendo porque su propuesta ha caído en saco roto y casi se desvanece.

En una columna anterior ya dije que a los consumidores hay que reeducarlos para que den un valor justo a lo que vendemos. ¡Ya esta bien de oír! - ¿Y hoy que me regalas? - Mientras pones cara de póquer y piensas, mi alma no porque ya la vendí hace tiempo.

Entonar él me culpa, para un impío como yo no es tarea fácil. Saber que soy parte del problema resulta cuanto menos deprimente.

Tal vez el iluminado aventajado que nos proponía la tremenda locura de controlar el precio de lo que vendemos, no tenga razón y eso provoque aún más caos en el sector. A lo mejor es solo un loco... En todo caso, en los últimos años nunca escuche una propuesta más valiente que esa, y por eso la suscribo.

De lo contrario ¿Qué nos queda?, ¿Poner más de nuestra parte? ¿Seguir en este juego en el que no se pueden pedir cartas?, ¿Esperar a ver quién es el que más resiste? ...Puagg!!!, Se me revuelve el estómago ante tan poca solidaridad.

Si este amigo mío está loco, pues muy bien, que nadie le haga caso pero sería de agradecer que la indiferencia no calara en vuestro ánimo y comprendierais que el vendedor de prensa al uso, ya no tiene ningún sentido y por tanto hay que renovar la fórmula.

Si dejamos que sean otros (como siempre) los que decidan por nosotros, todos acabaremos entonando la misma oración.

- Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa.

Nota: Este, es ya un debate viejo, pero no está agotado. Soy consciente de que cualquier esfuerzo individual no es suficiente, pero no por eso innecesario. Hoy la red bulle con foros, chats y páginas dedicadas al mundo del quiosco. Son muchas las voces que se alzan en la misma dirección, y aún así seguimos trabajando separados.

miércoles, 28 de julio de 2010

EL MISTERIOSO CASO DEL QUIOSQUERO DESAPARECIDO



El precinto policial fijado en la entrada del local alertó a los vecinos de que algo malo estaba pasando en la librería del barrio.

Varios vehículos de policía y una ambulancia con las sirenas mudas cortaban el acceso al tráfico y un cordón de hombres uniformados mantenían a los curiosos a una distancia de seguridad. Aquella madrugada, la gárgola, llegó de su ronda nocturna y por primera vez se encontró con la persiana bajada, cerrada a cal y canto. El librero no había abierto a su hora y tampoco respondía ni a los golpes en la persiana, ni a las voces de su amigo. Los minutos pasaban y después de agotar las posibilidades que se le ocurrían para aquel hecho tan extraño, decidió que lo mejor era dar parte y ponerlo en manos de profesionales.

Nadie sabía donde estaba el quiosquero, sin duda, había desaparecido.

Lo más extraño era que, cuando forzaron la entrada con palancas, comprobaron que el local estaba cerrado por dentro con pestillos y que eso solo se podía hacer desde el interior.

La primera inspección sirvió para cerciorarse de que allí no había nadie, aunque estaba todo revuelto y desordenado. Fue un registro rápido, pues un cuerpo ocupa lo suyo y aquello tenía pocos metros cuadrados. Así que llamaron a los forenses para que revisaran posibles pistas que esclarecieran aquel enigma, mientras los agentes interrogaban a la gárgola. A falta de mayordomo, el culpable seguro que es el más feo por eso el monstruo alado tenía todos los puntos.

Pronto se desmontó el supuesto pues comprobaron la coartada de la gárgola y los porteros de la disco de moda corroboraron que estuvo toda la noche de copas, hasta que cerraron.

Los agentes especializados, desplegaron su instrumental y empezaron con su análisis. Tomaron muestras aquí y allá, y fotografiaron cada rincón mientras otros revolvían los papeles y facturas guardadas en cajones. El especialista informático intentaba desencriptar la clave de acceso en el ordenador y el inspector al cargo de la operación resoplaba perplejo ante el enigma que se les planteaba cuando algo llamó su atención en una repisa de la estantería donde se acumulaban archivadores y unas bandejas con documentos.

Un resplandor azulado fluctuaba en el fondo de una caja de uno de sus estantes. Era una luz energética, pulánte que creaba una leve vibración a su alrededor.

Con precaución, el agente, se acercó midiendo sus pasos. El zumbido aumentaba cuanto más cerca estaba y el brillo se tornaba más hiriente así que se protegió los ojos alzando la mano.

 ¡He!, Tú. Gárgola ¿Qué coño es esto? - Gritó autoritario al desconsolado monstruo que esperaba en un rincón.
 Es la caja de los cupones.
 ¿La qué?
 Ahí guardamos las cartillas y cupones que recortamos de los periódicos. Ya sabe, lo de las "promos" de todos los cachivaches que vendemos con la prensa.
 Ya... cupones. Algo inofensivo ¿no?
 Según como se mire.- Contesto la gárgola.
 ¡Lo tengo!, - interrumpió el informático- estoy dentro.

Minutos después los ojos expertos del técnico localizaron un icono en la pantalla y pulsó el botón del ratón para activarlo. Un archivo de vídeo se maximizó en el monitor. El rostro del quiosquero, con gesto estático había sido capturado por la webcam y miraba a los ojos de los inspectores.

 ¡Dale al play de una vez!

El vídeo avanzó y tomó movimiento, pronto el quiosquero empezó a hablar.

"Hoy es lunes, día de recontar los vales y cupones de esta semana que ha sido especialmente complicada.

Algún día me he visto obligado a recortar un cuarto de página del diario para que el cliente pudiera llevarse el tenedor, el yoyo, el corsé, y la reserva de un colchón de agua. También ha sido especialmente prolija en vales de suscriptor. En muchos casos de clientes que nunca habían visto y que nunca volveré a ver. El miércoles llegaron cartillas de la promoción para unas piernas ortopédicas y los que las trajeron tampoco eran clientes míos. Seguro que conseguían los cupones en algún bar o en su oficina. El caso es que ha sido un acierto de la editorial y la gente se ha volcado con esta promoción. Dicen que la próxima será de unas cartillas con las que te regalan un trasplante de órganos y un coleccionable de narices de quita y pon.

Confieso que estoy asustado, llevo horas clasificando y recontando las estampitas y tengo una extraña sensación. Conforme las voy acumulando una extraña energía hormiguea en mis extremidades y los oídos empiezan a zumbar.

Sé que algo malo va a pasar, por eso me decido a gravar él cuadre final para que quede constancia de lo que suceda y si lo que me estoy temiendo acaba por cumplirse, podáis entender a que me enfrento.

Este es el último cupón del recuento, el que lleva un "suspensorio" con el escudo del Barça.

¡Que sea lo que Dios quiera! "


El hombre del vídeo se levantó y por un momento desapareció del encuadre, luego se le veía como dejaba caer el papelito en la caja de la estantería y de repente una explosión luminosa cegó la pantalla dejándola completamente en blanco. Cuando la imagen se recompuso, el quiosquero ya no estaba.

Los policías estaban atónitos, pero para la gárgola no había ningún misterio. Ya sospechaba que algo así había pasado. Pues cada vez era más evidente que aquel sistema al que obligaban a los vendedores tendría consecuencias funestas.

Tal acumulación de justificantes de venta, cartillas, fichas de reserva y vales de suscripción, llegaron a su masa crítica y el último, el del suspensorio, colmo el límite colapsando la materia para crear un agujero negro que absorbió al pobre quiosquero.



La potencia de la materia compactada superaba cualquier expectativa. Todo lo que estaba cerca era atraído hasta su centro, añadiendo más masa y gravedad y nada podría detener su expansión. Solo cuando la presión que ejerza sobre si misma la colapse se liberará la energía que acumula.

Pero ya nunca recuperaremos al viejo quiosquero.