Este verano me he decidido a publicar en el blog una historia que lleva tiempo en los cajones.
Cada semana, añadiré un capítulo de EL ALMA GÉLIDA, que espero despierte vuestro interes.
DESPERTAR, es el primer capitulo y para seguir un orden de lectura he agregado un enlace en la barra superior que servira de índice.
Espero que os guste. (faltan muchas correcciones, pero ahora me interesa vuestra opinión y saber si vale la pena el esfuerzo)
jueves, 4 de agosto de 2011
miércoles, 3 de agosto de 2011
VIDA SIN SOL
Hay un momento en el ciclo que abarca un día en el que dos fuerzas universales se encuentran para diluirse la una en la otra.
De hecho, ese fenómeno, ocurre dos veces en cada periodo y en ambas ocasiones el cielo explota en colores y la vida en la tierra se acomoda para adaptarse a ese pasaje de la jornada.
Para mí, son espectáculos prohibidos y me cuido muy mucho de contemplarlos. Cuando llega la hora me resguardo en mi guarida, con los porticos de las ventanas cerrados para que la luz del sol no se cuele en las estancias.
En mi biblioteca, iluminada por candelabros y candiles, paso veladas releyendo poemas y leyendas, contemplando las bellas ilustraciones que sintetizan la belleza de aquella estrella, que algunos, aun hoy, adoran como a un Dios y que es sinónimo de mi destrucción.
En los tratados de física descubrí la composición del fuego que la alimenta y en los de astronomía, su posición de privilegio en el centro de las órbitas planetarias. En otros documentos más secretos, los astrólogos filosofan en cuanto a su poder zodiacal y la influencia energética sobre los seres vivos, los más audaces aseguran que forma parte de un mapa en el que se leen acontecimientos venideros.
Me pregunto qué tendrá esa luz que la diferencia del resplandor de los maderos ardiendo en la chimenea ¿Será la potencia de su fuego? ¿Algo químico? O en su defecto, algo divino.
Mis antepasados emplearon siglos en la búsqueda de un antídoto, de un remedio que les permitiera salir de la oscuridad, sin ningún éxito. El día, para nosotros siempre ha estado partido en dos y una de las partes, la de la luz y su calor, es terreno inexplorado.
A veces me siento frente a una ventana cerrada y cierro los ojos intentando captar esa energía que genera vida y que se estrella contra los muros de la casa, imagino que una parte del derroche de flameante del sol, atraviesa las paredes y me impregna con un tierno cosquilleo, pero mi carne está fría como el mármol y solo siento dolor.
Mi único consuelo son los libros, pero ¿Cómo imaginar algo que nunca se vio? Si me atengo a los dibujos y pinturas que representan a la estrella solo obtengo una imagen plana, circular, con aspas ardientes y muchas veces con rostro humano, pero siempre, como iconos de vida para ese mundo que yo vivo como tenebroso cuando me aventuro a salir de este encierro.
Darle forma, es una cosa, sentir su presencia, otra muy distinta.
Quisiera ser una semilla semienterrada en la tierra que recibe las pulsaciones del sol como alimento para germinar y abrirme camino entre la arena, hasta aflorar en el llano, o como el agua que se evapora bajo sus rayos y forma ciclos de nubes, o como el anciano que descansa en un banco, perdido en sus pensamientos, mientras el sol le acaricia la piel. Quisiera no ser lo que soy y renegar de mi alma de murciélago, ceder todo los privilegios de mi casta para mezclarme entre la gente y tumbarme panza arriba sobre la yerba, para sentir el olor de la luz.
Me despediría de la luna y de una vida en blanco y negro y luz artificial que tanto frío me ofrece. Caminaría por la arena, sorteando el borde de las olas de un mar brillante que se derrama en la playa, desnudo al sol, como un niño, y mis castillos de arena estarían llenos de ventanas abiertas.
Nací distinto. Soy un maldito, un ser inmortal, siempre que me mantenga en la oscuridad de la noche y me oculte en mis criptas preferidas.
(Si te gustó el relato puedes votar en este enlace)
http://elrelatodelmes.wordpress.com
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martes, 2 de agosto de 2011
EL HOMBRE SIRENA
Querían que les acompañara, a ver la atracción que llegaba al pueblo y me gritaban, desde la calle, que bajara. El cafre de Vicente, trepó por una farola, subiendo hasta la altura de la ventana de mi habitación.
-¡Venga! ¡Marica! ¡Que no llegamos!- Voceaba, a través de la ventana. Le hice un gesto, con el dedo medio hacia arriba, y me puse la cazadora, antes de bajar y reunirme con ellos en el portal.
Durante todo el trayecto, hasta el lugar donde estaba instalada la feria, Vicente, no dejó de torturar al bueno de Juanico, empujándole cuando pasábamos junto a alguna muchacha, o poniéndolo en evidencia, porque sus quilos de más le hacían sudar, el caso era meterse con alguien. Los demás, inmaduros como éramos, le reíamos las gracias, aportando nuestro granito de arena, con chascarrillos ocurrentes. Hasta Juanico, se reía.
En los carteles, que los feriantes repartieron por el pueblo, nos llamó la atención una de sus atracciones, todos estábamos excitados por lo misterioso del anuncio. En la pubertad, las cosas insólitas, despiertan los cinco sentidos y revolucionan la imaginación.
El plan era darse una vuelta por las casetas de tiro, montar en los autos de choque, donde Vicente daría rienda suelta a sus instintos, y nosotros descargaríamos adrenalina pavoneándonos frente a las chiquillas. Antes de marcharnos, montaríamos en el tren del terror y después, embobados, nos apiñaríamos en torno a los trileros, quedando fascinados por la bolita, que nunca estaba donde debía. Para el final dejamos lo que en realidad habíamos ido a ver, y cuando llegamos, aun envalentonados, nos quedamos perplejos al leer un cartel, junto a la taquilla.
- MENORES, ACOMPAÑADOS –
Llenos de frustración, nos miramos unos a otros, sin saber que hacer ¿Nos lo íbamos a perder?
- Dadme la pasta, ya me encargo yo- Vicente siempre fue el más lanzado de todos nosotros, le obedecimos y juntamos las monedas que nos quedaban.
Esperamos a unos pasos de la cabina de tiquets, mientras nuestro amigo le echaba morro al asunto. Para nuestro alivio, el encargado, le entregó las entradas con una mirada llena de complicidad. El día antes, llovió durante toda la tarde, y la recaudación de los feriantes fue pobre, así que hoy hacían la vista gorda.
Nos incorporamos a la fila, escuchando las arengas de un hombre, vestido con levita polvorienta y bastón que agitaba, como si de una batuta se tratase. Su voz teatral e impostada, le daba más pompa al discurso.
- ¡...Pasen y vean! ! Nunca antes, sus ojos, han contemplado fenómenos, como los que hemos reunido, para ustedes! Venidas de todos los rincones del mundo, estas proezas de la naturaleza, compartirán hoy sus secretos con aquellos valientes capaces de soportar su singularidad. ¡Amigo mío, si es usted débil de corazón, le ruego que no entre en la Casa de los Monstruos! Aunque si lo hace, si vuelven a sus quehaceres sin cruzar la entrada de esta muestra de prodigios, seguirán viviendo en la ignorancia. ¡Señores! Ésta es la última sesión, no apta para cobardes.
¡Como no íbamos a estar excitados, ante tanta propuesta misteriosa!
Hoy me resulta fácil describir lo que vi en aquella carpa, y restarle importancia, pero en aquella época lo viví con un fervor arrebatador, que me mantuvo muchas noches sin dormir. Las pesadillas, nos afectaron a todos, menos a Vicente, que pronto dejó el grupo de niñatos, para ronear con sus primeras novias. El resto, quedamos conmocionados durante semanas.
Nada más entrar, la penumbra y un fuerte olor a lonas viejas, y sudor, me transportaron a un mundo extraño, lleno de murmullos y risitas histéricas. Me costaba estar quieto, e impaciente, me fui haciendo sitio en la primera fila, frente a una tarima, iluminada por un solo foco. Una pesada cortina roja, ocultaba el fondo del escenario, aunque las corrientes de aire la agitaban de vez en cuando.
El cicerón de la levita, se incorporó a la escenografía, y dirigiéndose a los espectadores, les rogó silencio. A una señal de su bastón, el telón, empezó a abrirse lentamente.
El desfile se inició con una cabra de dos cabezas, que mantenía el equilibrio sobre un pódium, adornado con estrellas de purpurina. Luego trajeron a unos chimpancés siameses, encadenados por el cuello con argollas, y después, encerrado en una jaula, un cocodrilo blanco, al que lanzaron una gallina para que la devorará.
A esas alturas, ya tenía los pelos de punta, pero la segunda parte del espectáculo me reservaba emociones más fuertes e inexplicables.
Una mujer con larga barba, que sostenía en sus brazos a un anciano diminuto, como si fuera un bebe, se colocó en el centro de la escena, no dijo nada, solo se exhibía, asegurándose de que se le viera bien la cara al niño enfermo de progenia. Minutos más tarde se marchó, por un lateral, arrastrando su pesado vestido de época.
Cuando la luz volvió a encenderse, el Hombre Cíclope, había tomado posesión de la tarima. Su único ojo aparecería muchas noches en mis sueños, durante años. Su deformidad genética también afectaba a la nariz y parte de la boca, dándole aspecto de sapo, de un solo ojo. Se había tatuado la cara y el cuerpo, con símbolos tribales, y solo llevaba un taparrabos para cubrirse.
“Las Maravillas del Mundo” que esperábamos ver, me estaban revolviendo el estomago, mire a mis compañeros, con la esperanza de que alguno dijera que ya tenía bastante, pero nadie quería confesar su miedo, y yo, no quise ser menos. Me prepare para el último pase, mientras me subían las pulsaciones.
Apagaron el foco en cuanto el ciclope acabó su número, y corrieron las cortinas. En la oscuridad, escuchamos como, tras la tela, arrastraban algo pesado, que hacía crujir los tablones del suelo, y un profundo burbujeo acuático, parecido al de los acuarios. Empezaba a faltarme el aire y solo un pellizco en las costillas, del oportuno Vicente, me devolvió a la realidad. Las poleas chirriaban, cuando descorrían el telón, y la luz tomó un tono azulado para enseñarnos una gran pecera llena de agua, y sumergido en ella, una forma íctea, se revolvía y golpeaba las paredes de cristal. Los espectadores dieron un paso atrás, temiendo que el vidrio cediese, y se levanto un murmullo ansioso. Juanico, soltó un gritito ahogado, y yo contenía como podía un escalofrió que me hacía temblar.
Aumentaron la potencia del foco, un poco más, lo justo para que pudiéramos ver al ser que buceaba en la urna.
El encargado de la caseta pidió silencio, y nos rogó que nos tapáramos los oídos, ya que si alguien se atrevía a escuchar la voz del Hombre Sirena, perdería su alma, y advirtió que, como el Homérico Ulises, debíamos ser fuertes y no ceder a su canto.
En la pecera, un medio-hombre famélico, de torso blanco y arrugado, me miraba con grandes ojos de pez. De cintura para abajo, era igual que las focas que había visto ilustradas en mis libros. Le vi abrir la boca, y las burbujas brotaron de su garganta. Apreté las palmas de las manos en mis oídos, con todas mis fuerzas, pero el zumbido, que provocaba con la presión, no ahogo el canto de sirena.
Un agudo alarido, nada melódico, semejante al de la fricción de dos metales, iba aumentando de intensidad. Yo no se si surgían de su garganta, o era un efecto sonoro, pero el caso es que, poco a poco, los espectadores, fueron abandonando la carpa, agobiados por el sonido y la imposibilidad de eludirlo. La amenaza del feriante, también tenía su peso en la decisión de marcharse, pero yo, hipnotizado, y aun a sabiendas de que todo debía de ser un truco, me mantuve inmóvil, con las manos apretándome el cráneo.
Entre burbujas y gorgoteos, escuché con claridad:
-CUENTA LO QUE VISTE, CUENTA LO QUE VES...Y LO QUE IMAGINES-
Sentí como me agarraban del brazo y tiraban de mí. Juanico me arrastraba fuera de la caseta, terriblemente asustado, junto a los otros. A trompicones, riendo casi con histeria, mis colegas y yo, nos alejamos de la feria, con el corazón latiendo enloquecido.
Todos habíamos oído el canto del Hombre Sirena y por tanto, de alguna forma, estábamos malditos. Cuando comentamos la experiencia, cada uno le añadía su propia percepción, pero ninguno contó que, el sireno, les hablara directamente, y solo se quejaban de los feos sonidos que habían oído. Sin embargo, yo escuche una voz, alguien me habló y yo si que entregué mi alma.
Aquella noche llegué a casa, justo antes de que me echaran en falta para la cena, disimulé, como pude, las prisas por terminar la repugnante verdura, y en cuanto acabe, pedí permiso para irme a la habitación, mis padres, extrañados preguntaron si me encontraba bien, pero cedieron sin insistir demasiado. Cuando estuve a solas, en mi espacio íntimo, saqué un cuaderno de un cajón, y rebusque hasta encontrar el bolígrafo, regalo de la comunión, y sin darme cuenta, las palabras surgieron, encadenando frases, que llenaban lentamente las hojas de la libreta. Cumplía condena, contaba lo que había visto, explicaba lo que veía, e imaginaba lo que estaba por venir. Sin darme cuenta, había sido seducido por el canto del hombre pez, para convertirme en un hombre sirena, que cuenta historias, para embaucar a quien se cruza en mi camino, apropiándome de su consciencia, por lo menos, mientras dura la lectura.
viernes, 22 de julio de 2011
SOMBRAS CHINESCAS
Llevaba tiempo esforzándome en acabar de escribir la novela. Solo los más allegados sabían que me había impuesto aquel reto, pero todos desconocían de qué iba la historia y aunque me moría de ganas de conocer su opinión sobre el relato, no dejaría que leyeran ni un renglón hasta que estuviera acabada. Entonces sería el momento de la verdad, de saber si el esfuerzo estaba compensado o por el contrario lo que había escrito era un autentico bodrio.
Por las circunstancias de mi trabajo disponía de poco tiempo libre y los momentos que podía dedicar a la familia y a la vida social se llevaban las horas necesarias para concretar la trama que quería plasmar en el libro. Soy una persona que se dispersa con facilidad y para escribir necesito intimidad y silencio. En ese entorno solitario los personajes pueden poseerme y explicarse, los paisajes se dibujan y los acontecimientos se entrelazan. Todo adquiere sentido si me entrego por entero a la narración, sin condicionantes externos que me distraigan.
Decidí que necesitaba aislarme, alejarme unos días de la ciudad, recluyéndome en un pequeño balneario que conocía de oídas. Era un establecimiento reformado, de principios del siglo diecinueve, con un toque modernista y de pocas habitaciones. Los tratamientos termales que ofrecían estaban algo desfasados pero era lo que menos me importaba. Conservaba un esplendido jardín donde disfrutar del aroma a madreselvas y lirios y reinaba un silencio que solo había encontrado en los claustros de algún monasterio. La habitación que reservé, aunque pequeña, se encontraba en un extremo del edificio, lejos del barullo de la cocina y los salones que podían distraerme.
La verdad es que era el entorno ideal para enfrentarme a los personajes que se desarrollaban en la novela.
Solo llevaba hospedado un día, cuando todo se complicó.
Era la hora del almuerzo y yo ya estaba instalado en una mesa individual junto a un ventanal que daba al jardín. Como era la parte del fondo del comedor, tenía una visión completa de la estancia y me entretenía observando a los escasos parroquianos que iban tomando asiento para la comida. Estábamos fuera de temporada y los dueños del balneario atendían relajados a sus clientes con trato familiar y desenfadado, obsequiando sonrisas y atenciones.
El metre acompañó a una anciana hasta su mesa. La mujer no paraba de farfullar mientras se sostenía del brazo del jefe de sala y lanzaba miradas altivas al resto de los comensales. Llevaba un vestido más apropiado para una gala de noche que para un simple almuerzo, aunque el bajo de la falda estaba descosido en una esquina y los colores del estampado habían perdido intensidad. Por su porte supuse que en su juventud fue una mujer bella y segura de si misma. Ahora interpretaba el papel de diva bajo una capa de maquillaje estrafalario que le quitaba toda la dignidad y se adornaba con joyas exageradas lustradas con bicarbonato.
Apenas se valía por sí misma y las piernas le temblaban a cada paso, lo que no impidió que exigiera con vehemencia una mesa distinta a la que le habían asignado. Cuando estuvo satisfecha, pidió champan al camarero y dijo, que el menú del día no le gustaba y que prefería tomar lenguado con compota de manzana, ensalada sin cebolla y una ración de almejas al vino blanco. Ni el lenguado, ni los moluscos estaban en la carta pero el metre asintió con resignación y tomó nota del pedido.
En la mesa de al lado, una mujer delgada, de pelo largo y lacio, se ocultaba tras la carpeta del menú. Se la veía nerviosa, algo asustada y una tristeza flotante la envolvía. Pensé que si se sacudía aquella aura cenicienta resultaría atractiva. Tenía los hombros pecosos y angulados y su vestido de tirantes con escote cuadrado revelaba un pecho atlético y senos pequeños. Me recordaba a alguien pero no descubrí a quién.
La sorprendí mientras, furtivamente, me miraba y se ruborizó protegiéndose con la carpeta. Desvié la vista para no incomodarla, simulando leer mi propia carta, aunque, por el rabillo del ojo, seguía observándola.
Aquella mañana me encontré con ella en la recepción del balneario. Yo subía de las termas, de un baño matinal en el momento en que ella se inscribía en el mostrador. Llegó sola, con apenas equipaje. Silenciosa y lánguida como una flor marchita. Cuando le dieron la bienvenida y le preguntaron qué cuanto tiempo iba a quedarse, contestó que no lo sabía.
No creo que en ese momento ella me viese, parecía tan exhausta que, la recepcionista, le recordó que el balneario contaba con un medico que supervisaba a los clientes, si estos lo solicitaban. La puerta del ascensor se abrió y entré en la caja aun atento a la recién llegada. Antes de que el ascensor se cerrara, la mujer contestó a la empleada que se encontraba bien y que no necesitaba al doctor. Solo venía a descansar y a poner orden en su cabeza.
Algo en su presencia, en su gesto, desnudaba una profunda soledad y su lucha interna por liberarse de ella. Pero su actitud la empequeñecía y temerosa jugueteaba con las copas sin levantar la vista del mantel.
El menú fue delicioso, preparado con mimo y con productos de primera calidad. Mientras degustaba las últimas cucharadas de mi copa de crocante de Ferrero Rocher helado, hizo su entrada en el comedor una familia peculiar, que rápidamente fue atendida por el metre y conducida a una mesa libre.
Al frente, casi por delante del jefe de sala, un hombre de unos sesenta años, con camisa naranja y pantalones de lino blanco, sandalias y un rutilante reloj de oro precedía a una mujer, de bonita figura, con el pelo recogido en una cola morena y que aparentaba ser bastante más joven que el patriarca. De su mano colgaba una dulce adolescente que no llegaba a la quincena, con rasgos orientales, pero de piel oscura como el café con leche. Se la veía dócil y bien educada, aunque me pareció que estaba en un estado de alerta permanente. Como cuando sabes que en cualquier momento te puede caer una colleja.
El que más me impresiono, fue el muchacho. Un joven de veinte años, espigado y huesudo, con un largo flequillo rubio y la piel del color de la cera, que se movía con gestos desgarbados pero fluidos. Algo en su porte lo hacía ambiguo, andrógino, misterioso. Lo observaba todo con cierta insolencia y al pasar frente a la vieja gloria, que apuraba su copa de champan, note cierto disgusto en los labios de la anciana.
La chica solitaria de la mesa de al lado, se hundió aun más en su silla, y ladeo la postura con disimulado rechazo.
Cuando el chico tomó asiento en su lugar en la mesa, quedó frente a mí e intercambiamos miradas. Una de sus pupilas estaba dilatada en extremo, y el iris, casi inexistente tenía el color del ámbar. Su otro ojo era normal, de un verde intenso y profundo. Me dejó fascinado.
Había algo en aquel grupo que los hacía poco convencionales, y no me refiero solo a su aspecto. La manera en que se relacionaban, aparentaba normalidad y buenas maneras, se mostraban afectuosos y solícitos, incluso demasiado para una familia normal. Se palpaba un ritual pactado de cara al espectador, como si ocultaran su verdadera manera de ser.
Degusté el último sorbo de mi café y me dije que era el momento de subir a la habitación, recuperar el capitulo en el que estaba trabajando y aprovechar aquella tarde, escribiendo.
Una vez instalado, frente al ordenador portátil, con el archivo abierto en la pantalla, me di cuenta de que era incapaz de concentrarme. Era imposible hilvanar la trama de unos personajes que hacía tiempo dormían en el disco duro del ordenador. Mis pensamientos se dispersaban una vez más y ni la protectora intimidad que me había construido, me eran de ayuda.
Tras una hora de frases sin sentido y poco imaginativas me entró el mal humor. Cerré con malos modos el ordenador y dude entre estirarme en la cama o salir a airearme. Me cambie de ropa y decidí bajar a tomar una copa en la terraza del jardín del hotel. Tal vez el aire perfumado me sosegara el espíritu.
Un cenador de verano hacía las veces de terraza y a aquellas horas, estaba vacío. Por un sendero bordeado de rosales, paseaban la diva de las almejas y la chica triste. La abuela se aferraba al brazo de la mujer, que seguro se arrepentía de haberse ofrecido a ayudarla, pero que ahora era incapaz de abandonarla. Avanzaban muy lentamente, por el camino de gravilla, buscando la glorieta que había en un extremo del jardín. La anciana parecía dispuesta a criticar cada uno de los detalles ornamentales que el jardinero había ideado y atormentaba a su acompañante con explicaciones sobre las maravillas de otros jardines que ella conocía y que eran auténticos vergeles. La bella solitaria miraba al suelo y se cargaba de paciencia. Si había venido a aquel sitio para liberarse de alguna de sus cargas, lo estaba haciendo muy mal.
Por otro sendero, empedrado con losas irregulares de piedra, se llegaba a la piscina. Me aventuré unos pasos y observé a la familia que tomaba el sol bajo una pérgola que lo tamizaba. La mujer, tumbada sobre una hamaca, con unas enormes gafas de sol y la piel brillante por el protector solar estaba separada unos metros del resto de la familia. Como si fueran desconocidos. Cerca del borde de la piscina, recostados sobre cojines que habían esparcido por la hierba, el padre acariciaba el pelo rubio del muchacho, que había recostado su cabeza sobre las piernas del patriarca. Se miraban a los ojos y el acto tenía algo de impuro. La niña, con un biquini blanco deslumbrante, aplicaba crema solar sobre los hombros del hombre que se estremecía complacido.
No aguanté más aquel desfile de sombras chinescas, de imágenes en dos dimensiones que me estaba abduciendo, llevándome a elucubraciones paranoicas que me hacían juzgar a gente desconocida de forma insana, inventándome su pasado, su presente y su futuro. Fui directo a la recepción del hotel y pedí la cuenta, les dije que lo sentía y que debía anular la reserva, que un imprevisto me obligaba a cambiar de planes y tenía que marcharme. No me constaría demasiado volver a llenar la maleta y salir huyendo de aquel lugar, de aquellos huéspedes y de mi propia novela.
Sombras chinas, teatro de luz y fantasía. Un mundo de siluetas indescifrables que cuanto más grandes se muestran en la pantalla, más alejadas están de ti, y que cuando se ven pequeñas están al alcance de tu mano y muy lejos del verdadero haz de luz que les da la existencia.
Si quise ver más allá es porque debo ser un perturbado. O ¿acaso no inventé un pasado para la anciana, un presente que oprimía a la mujer pecosa y un incestuoso y grotesco rito familiar?
Como un titiritero, quise tirar de hilos para hacer bailar a mis marionetas.
miércoles, 6 de julio de 2011
PROYECTO MIRROR PLAY PARA DELAGENCIA
El juego consistió en el autoconocimiento personal através de la mirada de otros, la autocrítica y la aceptación de cambios propuestos por los compañeros.
De la mano de Julián Gijón, que actuó como Coach, se realizarón los cambios de imagen mientras el equipo se sumergía en la elaboración de una selección de Gin Tonics de alta gama y la creación de canapé perfecto para cada sabor.
La última fase de este curso de Visagismo y Morfología profundizó en las diferentes estructuras faciales y los maquillajes más adecuados para cada caso.
Durante los tres días que duró la actividad pudimos ver liderajes, creatividad y disposición. En un entorno cómodo y relajado extrajimos lo mejor de cada uno, y valoramos la capacidad de cambio y adaptación de los participantes.
Queremos dar las gracias a Delagencia, por todas las facilidades que nos dieron en esta experiencia piloto.
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