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domingo, 13 de noviembre de 2011

MALETA PERDIDA.

Como no recordaba dónde perdió las maletas, viajaba con lo puesto en busca de un lugar para quedarse.

viernes, 11 de noviembre de 2011

SUSPENDIDO

Esta casa está tan vacía como el traje que se apolilla en el perchero. Los rincones se estremecen olvidados, y el sofá, el dormitorio y el baño aun conservan aquel perfume cítrico y vital. todo me recuerda que tengo que renovar el vestuario.

jueves, 10 de noviembre de 2011

ÁNGEL

Resbalando entre sus dedos como un folio sin poemas, caía un ángel al vacio. Él vio el terror en sus ojos y sopló sobre sus alas para que cogieran aire y despertaran.

EL FUNANBULISTA

Aquella última hebra se estiraba orgullosa, persistente, antes del paso del funanbulista.

EL ABRAZO

Ella le dice; ya no te quiero, y con cada lágrima estrecha un poco más el abrazo.
Él contesta; márchate, mientras se anuda a su cintura.
Incapaces, prendidos el uno al otro, escuchan sus propios sollozos, pasos en distintas estaciones, en andenes de dos direcciones.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

ENTRE MAREAS

La resaca descubría una tierra de nadie. Ni mar, ni orilla. Una franja emergente y submarina. Un espacio permanentemente vapuleado de arenas movedizas. Pero ellos se empeñaban en quedarse allí, incapaces de nadar, o caminar descalzos sobre las rocas.

EL MENÚ

Hoy almuerzo sopa de lágrimas, tortilla de patatas con recuerdos y pastel relleno de sentimientos.
Estais todos invitados.

JUNTOS

Si tú quieres podemos hacer el camino por separado, y juntos reescribir nuestros sueños.

VOLAR

 Si quieres volar tendrás que salir y buscar nubes.

martes, 8 de noviembre de 2011

viernes, 4 de noviembre de 2011

REVISTA ENTROPÍA

Este mes, en la revista ENTROPÍA, se publica:
NÓMADAS EN EL LABERINTO
Un relato de La Gárgola Impasible, Miquel Farriol.

Estoy contento de poder compartir mis relatos con otros grandes "CUENTISTAS"

viernes, 21 de octubre de 2011

EL ALMA GÉLIDA - CAPITULO VII


EL ALMA GÉLIDA
(LOS PRIMORDIALES)


    El criado, antiguo esclavo guineano, recogía sus escasas pertenencias antes de abandonar la casa donde había servido al difunto Don Enrique de Villena. Estaba ansioso por alejarse y olvidar lo cerca que había estado de morir en manos del Santo Oficio, que lo tachó de brujo y asesino.
    Él solo obedecía la última petición de su protector, el más reputado nigromante de Toledo, y aunque las instrucciones eran perturbadoras llevaba ya mucho tiempo como ayudante del alquimista, y sabía que todo formaba parte de un plan preconcebido por Enrique de Villena.

    A mitad de camino entre los siglos catorce y quince algunos hombres de ciencia aún buscaban la piedra filosofal, y por ende la fuente de la juventud. Enrique de Villena estudió otra posibilidad y encerrado en su rustico laboratorio pasó sus últimos años, rodeado de alambiques donde destilaba su fórmula secreta. El criado negro le asistía con los trabajos rutinarios, mientras Villena experimentaba con animales pequeños. Su idea consistía en conseguir la regeneración partiendo de cero. Tomaba como base un conejo, o a veces un cachorro de perro al que daba de beber un suave veneno que los sumía en un profundo sueño, del que ya no iban a despertar. Cuando se aseguraba de que sus corazones ya no latían, los descuartizaba en pequeños trozos que luego sumergía en un barril lleno de un líquido gelatinoso.
    Enterraba la cuba bajo tierra y la cubría de estiércol, para que actuara como catalizador, la fórmula convertía los restos en una masa fétida en cuestión de días para luego compactarse en algo casi palpitante.
    El sirviente nunca llegó a estar presente cuando su maestro desenterraba los barriles, pero Villena estaba cada vez más eufórico y pasaba semanas sin salir de sus aposentos.

    En los últimos días de su vida el alquimista confesó al criado que se sabía enfermo, y que su mal no tenía remedio. Le explicó que en su búsqueda por prolongar su vida había tomado la firme decisión de probar en su propia naturaleza lo que había estado investigando durante aquellos años. Para ello necesitaba la ayuda de su criado, ya que los trámites debían realizarse después de que la vida le abandonara. Ordenó pues que una vez muerto se asegurase de que lo estaba, aproximando un espejo a su boca. Una vez que se cerciorara de que no le quedaba ningún hálito de vida, su cadáver, debía ser troceado a conciencia y sepultado en una tina llena de pócima, bajo el estercolero habilitado en su huerto. El sirviente esperaría entonces nueve mese tras los que desenterraría el barril.

    ¡Cómo lamentaba haber obedecido al él nigromante Toledano! ¿Pero qué podía hacer? Solo era un liberado negro en una tierra de conquistadores, un paria sin recursos ni futuro.
    El plan se completaba con la absurda idea de que el sirviente vistiera los ropajes del alquimista en sus cortas incursiones por la calle, para que nadie hiciera preguntas sobre el paradero de Villena. El disfraz se completaba con un ancho sombrero que el criado se calaba hasta las cejas. Para los encargos solo salía de noche, embozado en una capa negra que le ocultaba y se preocupaba de no hablar con nadie, comunicándose a través de notas en los colmados o talleres que frecuentaba.
    El azar hizo que una mala noche una procesión del viático se cruzara en su camino, y aunque quiso no pudo esquivarla. Se apretó contra el muro de una casa mientras el sacerdote se acercaba a su posición portando los santos óleos. Todos los varones presentes se descubrían al paso de las reliquias y las mujeres se santiguaban con fervor, todo menos el criado impostor. Un vecino indignado ante su actitud le recriminó que siguiera con el sombrero puesto, lo que originó una trifulca que llamó la atención del Santo Oficio.
    El vecino airado le arrebato el sombrero de un manotazo y todos descubrieron que era un suplantador y le acusaron de brujería, y de haber matado a su señor. Le apresaron y tras varias noches de encierro en un calabozo sin ventanas, fue conducido hasta el Santo Oficio para ser juzgado. Sus miedos y el saberse inocente de lo que era acusado hicieron que traicionando la promesa hecha a su señor, confesara todo lo acontecido y como había sido ordenado y rubricado por escrito por Don Enrique de Villena.
    Incrédulos los alguaciles inspeccionaron la casa del alquimista, y siguiendo las indicaciones del sirviente negro, hallaron en el escritorio de Don Enrique un testamento donde se exculpaba al criado. En el huerto, bajo una montaña de estiércol, desenterraron una gran tinaja que destruyeron a golpes de hacha. Al romperla se derramó la gelatina que contenía, flotando sobre aquel líquido viscoso y maloliente parecía formarse un embrión humano. De los restos de Don Enrique de Villena, ya no quedaba nada.

    Ya tenía el hatillo con sus enseres echado al hombro cuando reparó en la alacena que presidía el comedor. El camino del destierro iba a ser largo y decidió aprovisionarse con algo de queso y tocino salado que sabía guardados en sus estantes. Al acercarse una tabla del artesonado del piso se partió bajo su peso. Dando un tras pies salvó el obstáculo, y se giró importunado para ver que había pasado. Las tablas quebradas dejaban al descubierto un bulto   envuelto en un lienzo polvoriento. La curiosidad pudo más que sus prisas por abandonar la ciudad, se acuclillo junto al socavón seguro de que su descubrimiento era importante. ¿Por qué si no iba su difunto señor a ocultar lo que fuese en un lugar tan insólito? Con el paquete ya en sus manos retiró la tela para contemplar un manuscrito con tapas negras y esquinas roídas. En la piel de la portada y en el lomo, grabado con buriles se podía leer “Fórmula del Alma Gélida”.
    Mientras el maestro Villena estuvo con vida mantuvo la preocupación por el mecenazgo de su criado. Solo una persona instruida podía resultarle de ayuda, así que el antiguo esclavo sabía leer con fluidez, e incluso realizar cálculos simples de matemáticas, memorizando las formulaciones de mezclas de las pócimas más comunes. Por eso el criado desterrado no tardó en comprender que aquella lectura debía de estar en manos de personas sabias, que compartieran las creencias de su extinto amo.
    Con el libro oculto en su zurrón abandonó por fin Toledo, sin mirar atrás temeroso de que el clero olvidara su perdón, y se echó a los caminos en un largo viaje que duró semanas, hasta la casa de uno de los colegas de Don Enrique, en las tierras altas del pirineo aragonés.     Allí encontró al asceta Gregorio “El huraño”, como era conocido en el valle, que lo acogió en su caserón de las afueras de la aldea.
    El ermitaño cultivaba plantas medicinales y fabricaba remedios para personas poderosas e influyentes del territorio, con los que compartía algunos secretos sobre su verdadera pasión, la alquimia y la nigromancia, la astrología y el estudio de predicciones. Todas ellas, actividades condenadas por herejes. Cuando leyó el libro que el visitante de color le entregara supo que debía convocar a sus aliados a una reunión urgente, donde desvelaría el secreto del genio al que el negro descuartizara.
    En aquella cena secreta se sellaron los pactos de la hermandad de los Primordiales.


    Eliana Quercy se entretenía actualizando su blog personal, en el discreto despacho habilitado en el almacén de La Caverna Blava, intentando que las horas no se hicieran tan largas e infructuosas.
    Desde la llamada de Joan García, avisando de la huida del Hallado, Eliana, se había puesto en contacto con Los Primordiales que aún quedaban en Barcelona, y “colgado” la información en la página web que hacía unos años camuflaran entre inverosímiles sites dedicados al esoterismo. Como trataban sus artículos de forma espontánea les era fácil encriptar mensajes, que solo los iniciados eran capaces de descargar.
    Estaba nerviosa, los minutos se enquistaban en las agujas de un gran reloj colgado en la pared de enfrente y mortificaban la espera. Aquella era la segunda noche de vigilia y por el momento seguían sin noticias del prófugo.
    Su padre se esforzaba por mantener la normalidad y atendía a los clientes con la maestría del barman curtido. El club, como casi todas las noches, estaba lleno de personas de mediana edad que trasnochaban escuchando buena música, mientras dejaban que los cócteles de Carmel disiparan las preocupaciones del día. Pero la tensión palpitaba bajo las abruptas notas de la música de Villy DeVille, otra vieja gloria del rock que el padre de Eliana se empeñaba en programar cada cierto tiempo. Era un peso creciente que les oprimía el pecho y que cada vez costaba más de ocultar. Sin darse cuenta dirigía furtivas miradas hacía la puerta y cada vez que se abría, un vacío repentino le contraía el estómago.
    Cuando el Hallado apareció en el umbral de La Caverna Blava, Carmel supo que era él con solo una mirada. Aquella presencia no solo llamó la atención del dueño del local, también atrajo las miradas de los parroquianos, que por un instante congelaron sus copas a medio camino de los labios.
    El hombre alto y de hombros huesudo ocultaba a medias su rostro con unos cabellos lacios y oscuros como la noche y parecía desorientado. Con largos pasos cruzó entre las mesas que ocupaban los clientes acercándose a la barra. Sujetaba un objeto en su mano derecha. Solo el roquero DeVille continuaba con su recital, nadie más hablaba y los sonidos propios de un lugar de copas parecían amortiguados y lejanos.
    Carmel Quercy optó por tomar la iniciativa y reprogramó en la pantalla táctil de su ordenador una nueva selección de canciones, con el fin de romper el ritmo y distraer las mentes de los clientes. De los altavoces surgió un torrente de notas agudas, como de sirena de ambulancia, para después continuar con una base rítmica machacona que invitaba a bailar y que hizo que las copas volvieran a circular, y las conversaciones arrancaran desde donde habían sido interrumpidas. Algunos hasta se contoneaban al ritmo de la música sintetizada.

    —Alguien me dio esto—Y personaje mostró el posavasos con el logotipo de La Caverna Blava—¿Qué lugar es este?
    —Desde hoy será tu casa—Contesto Quercy y se apresuró a rodear la barra para acompañar al recién llegado al almacén.

    La emoción le aflojaba las piernas, y sin darse cuenta no dejaba de escudriñar el rostro camuflado por una maraña de cabellos largos y mal cuidados. Se fijó en los tatuajes que portaba en el dorso de sus manos, y le pareció ver símbolos grabados en la piel del cuello del escuálido visitante. No se parecía en nada a lo que Carmel esperaba. El Mesías al que durante años dedicó su devoción parecía más un sin techo, al que Caritas hubiese regalado unas ropas un par de tallas más grandes de lo apropiado.
    Eliana los vio entrar en el almacén, y su reacción fue parecida a la de su padre. Tantos años de espera culminaban con aquel encuentro, y ahora los dos estaban mudos por la emoción. En el fondo siempre creyeron que aquel emomento sería algo místico y revelador, y aunque así lo sentían la figura del recién llegado resultaba perturbadora. No estaba envuelto en ningún aura, como solía fantasear Eliana, ni era un ser majestuoso, y de su mirada furtiva en lugar de serenidad se desprendía una apatía sobrecogedora. En realidad era un individuo peculiar de gestos bruscos y extremada delgadez. Parecía desorientado y tanto Carmel como Eliana desfallecían embargados por el nerviosismo. Los dos sabían que la taberna no era un sitio seguro y que el tiempo jugaba en su contra.
    Le ofrecieron una silla y el visitante se sentó sin decir nada. Padre e hija cruzaron miradas inseguros hasta que la joven tomó la iniciativa.

    —¿Cómo está?¿Necesita algo?-Solo obtuvo silencio y le pareció que el Hallado no la comprendía.
    —¿Quiere beber un poco de agua? Debe de estar agotado, ha tardado mucho en llegar.
    —No tengo sed.
    —Llevamos mucho tiempo esperándole.—Continuó Eliana—Tenemos un plan para protegerle hasta que La Casa de Los Arcángeles deje de buscarle.
    —¿Por qué me buscan?
    —Porque era su prisionero—Respondió Carmel—Su secreto.

    El Hallado los observaba sin emoción pero sin bajar la guardia. Desde que abandonara su encierro, con la ayuda de un misterioso aliado que le aportó la pista para llegar a aquel local, habían pasado muchas cosas que aun le costaba comprender. Su reacción ante algunos hechos que sucedieron durante la huida le hizo ganar confianza en sus posibilidades de valerse por sí mismo. Pero seguía lejos de comprender que estaba pasando, y porque tenía aquella imperiosa necesidad de huir. Se esforzaba por tirar de los hilos que le conectaban con años pasados, pero cuanto más profundizaba en el abismo más le absorbía la oscuridad. Solo unos pocos destellos de lucidez golpeaban sus pensamientos, llevándole imágenes terribles de conjuros extraños, castigos y mutilaciones que gentes enajenadas infringían en su carne. No recordaba dolor, ni tampoco miedo, pero si su impotencia.
    Entre todo aquel carrusel de imágenes destacaba el rostro de un hombre anciano, vestido con hábito gris, que le ofrecía una mirada comprensiva y aportaba algo de armonía en aquellas escenas angustiosas. Un nombre que debió de escuchar en el pasado se asociaba a aquel rostro, que parecía implorarle su perdón. Padre Guillermo, el guardián de la cripta.

    —Eliana, tengo que volver al local, no debemos dejar que los clientes noten nada extraño. Pronto llegará Yussuf y podréis marcharos—Carmel se resistía a dejar a su hija a solas con el Hallado, pero era hora punta en la noche barcelonesa, y no podía distraerse de su obligaciones. Pediría amablemente a los clientes que fueran apurando sus copas y luego cerraría La Taberna Blava, aunque aquello le llevaría algún tiempo.
    —Esta bien papa, seguiremos como teníamos previsto. En cuanto llegue Yussuf nos largaremos con tu coche. Ya sabes donde vamos. Mientras creo que podré arreglármelas.

    Carmel abandonó el almacén reticente, pero en segundos se vio absorbido por las peticiones de los clientes. Entre tanto Eliana se esforzaba por superar la incomodidad del momento, buscando puntos de conexión con los que comunicarse con el Mesías.

    —Soy Eliana, y el que te recibió antes es mi padre Carmel Quercy. Hace mucho que planeamos su liberación y hoy por fin está aquí.—Nerviosa se atropellaba con las palabras—¿Cómo debo llamarle?

    ¿Un nombre? Siempre se habían referido a él como el Hallado, eso en el mejor de los casos. La mayoría de las veces sus guardianes le llamaban engendro, demonio, Satán, monstruo, hijo del Mal, aborto, feto, horror, deformidad, aberración, barbaridad y un sin fin de improperios que nada significaban para él. Aquel anciano con hábito, que hasta ahora era la única referencia que le llegaba con serenidad, le llamó Ángelos en más de una ocasión.

    —Ángelos, llámame así.
    —¡Ángel!— Eliana no ocultó su sorpresa, no esperaba una referencia tan directa a los textos religiosos, pero pensó que le venía como anillo al dedo.—El Mensajero ¿No es así?
    —No lo sé.

    La poca locuacidad del Hallado resultaba algo exasperante, pero Eliana decidió que era mejor no atosigar a Ángel con preguntas y se puso en movimiento. Guardó el portátil en la maleta y recogió de una estantería una bolsa isotérmica, donde había guardado latas de conserva, cereales, leche y un par de botellas de agua. Entonces reparó en que el Hallado tenía la camisa rasgada y manchas oscuras en la pernera del pantalón. En aquel almacén, Carmel guardaba siempre ropa de repuesto, y Eliana sabía dónde estaba guardada. En un arcón de madera sin pulir encontró un par de suéteres de lana, pantalones de pana y mudas limpias. Se decidió por un par de piezas que combinaban y las dejó en la mesa junto a Ángelos.

    —Tiene la camisa rota, será mejor que se ponga esto.—Eliana señalaba prendas—cuando salgamos a la carretera puede que tengamos que hacer alguna parada.

    El Hallado se levantó y sin ningún pudor desnudó su cuerpo ofreciendo un sin fin de jeroglíficos a los ojos asustados de Eliana. Hipnotizada por la infinidad de símbolos que cubrían la piel le observó con descaro, como quién intenta descifrar las claves de un retablo.
    Podía ver distintas cruces, unas tatuadas, otras con relieve, repartidas por el pecho, brazos y costillas. En la espalda otros símbolos que desconocía, pero que le recordaban la escritura árabe, y marcas grabadas a fuego, del tamaño de monedas, con anagramas que había visto en grabados de la época de la inquisición, y otras tantas cicatrices que lo unían todo dándole un aspecto de corteza de árbol.
    Eliana esperaba mientras Ángelos acababa de vestirse con las ropas de Carmel. La impresión que le provocara tal cúmulo de mutilaciones la había dejado sin fuerzas, ensimismada en un remolino de imágenes que recreaban el momento de cada tortura.
Solo cuando Yussuf entró en la habitación, Eliana, recobró la consciencia y volvió a la realidad visiblemente mareada.

    —¡Por fin! Después de tantos años ya había perdido la esperanza de que mis ojos llegaran a ser testigos de este momento. ¡Bienvenido a casa!

    El anciano árabe estaba tan emocionado que no se dio cuenta del estado de consternación en que se encontraba Eliana. Arrastrado por su propia adrenalina parecía haber rejuvenecido y saltaba como un mozalbete. Aquellas pupilas serenas y llenas de sabiduría centelleaban ahora con la luz de la ilusión adolescente. Inquietas e impacientes. Nerviosas como las del niño en pleno juego.

    —No hay tiempo que perder—Le dijo a Eliana—Al llegar me crucé con unos tipos que parecían hacer guardia en la puerta, como si esperaran a alguien. Yo creo que eran hombres de Espadar y saben que está aquí.
    — ¿Pero cómo?—Reaccionó Eliana— ¿Le han seguido? ¡Tan rápido!
    —Hay que marcharse cuanto antes. Si no han actuado todavía es porque tienen órdenes de no hacerlo. Deben esperar refuerzos. Aprovecharemos los minutos que nos queden para poner tierra de por medio. ¿Estás lista?
    —Lo estoy, el coche está en la parte de atrás. ¿Pero y mi padre?
    —Carmel sabe lo que tiene que hacer.

    Compungida por dejar solo a su padre tras la noticia de que unos sicarios estaban apostados en la entrada de la Caverna Blava, Eliana condujo a Yussuf y a Ángelos a través de una puerta camuflada tras unos estantes. Cargaron los paquetes en el maletero del todo terreno aparcado en el callejón y se subieron sin mirar atrás. A los pocos minutos ya se mezclaban con otros vehículos que circulaban dirección a la autopista que los alejaría de Barcelona

UNA VEZ, GUARDÉ UN SECRETO.


Le costó más encontrar el lugar correcto, que desenterrar la caja metálica.
                Recordaba bien el montículo y la encina que se erguía en lo alto, pero pasado tanto tiempo, las raíces que afloraban  en la superficie del terreno, habían tejido un tramado distinto al que tenía en mente. Los matojos y la hierba estaban altos, lo que no ayudó al anciano a decidirse por dónde empezar a cavar.
                Después de varios intentos fallidos decidió descansar un momento, serenarse e intentar reconstruir los pasos que dio cinco décadas atrás, cuando junto a su mejor amiga del colegio ocultaron su particular “cápsula del tiempo”, bajo los poderosos brazos del árbol donde solían encontrarse a la salida del instituto.
                En aquellos días adolescentes pactaron no revelar nunca lo que cada uno guardaría en la caja, y que nadie más participaría en aquel rito lleno de inocencia. Así, solo ellos, cómplices de por vida, sabrían de la existencia del pequeño tesoro oculto entre las raíces centenarias.
                Poco tiempo después llegó el verano, las vacaciones familiares y un largo viaje para establecerse en otra ciudad, donde su padre fue trasladado por la empresa en la que trabajaba.
                Se le irritaban los ojos al recordar que no pudo despedirse de ella, y que sus cartas nunca tuvieron respuesta. Nunca más la vio, aunque es cierto que tampoco la buscó. La vida dibujaba caminos distintos para cada uno de ellos, y solo en momentos puntuales la imagen de la muchacha regresaba a sus recuerdos.
                Era ahora, en el declive de su vida, cuando más presente tenía aquel momento. Desde hacía unos meses se obsesionó por volver a la colina de la encina, y desenterrar la caja de galletas que hizo las veces de cofre, recuperar el secreto que el mismo guardara en su interior, protegido por una bolsita de tela, y desvelar que joya ocultó la amiga perdida.
                Se enredaba con especulaciones. Fantaseaba imaginando una foto, un colgante, o mejor una carta, algo que le devolviera aquel maravilloso momento lleno de ilusión, en el que sellaron la tapa de la lata, y la metieron en el boquete excavado en la tierra. En aquel momento se miraron a los ojos mientras juraban que nunca, ninguno de los dos, revelarían su existencia. El día de la ceremonia los muchachos, con el juego, dejaban su legado en manos del azar.
                Él recordaba perfectamente el instante en que, escondiéndose tras el tronco del árbol, se sacó del bolsillo una sencilla pulserita de plata, de la que colgaban corazones diminutos. Con sus ahorros la había hecho grabar con las iniciales de sus nombres y para que tuviese aun más valor, la besó antes de meterla en la bolsa de terciopelo. Cuando se reunió con la muchacha ella ya había introducido su objeto en la caja, y solo vio un estuche alargado de plástico negro.
                Sentía remordimiento al traicionar el espíritu de su alianza, siendo él el que con una navaja de bolsillo, escarbaba cerca de las raíces de la encina. Al fin, dio con algo plano y metálico que se apresuró a despejar de tierra, hasta sacarlo del agujero.
                Con gran emoción recostó su espalda en el áspero tronco del árbol, y fue deslizándose hasta quedar sentado sobre la hierba, con la caja de galletas entre las manos.
                Al contemplarla, enmohecida y sucia de barro, perdido su brillante color azul, y desconchada en las esquinas, se sintió mal, si cabe más viejo, más alejado que nunca de la chica que le robara el corazón en su juventud. Arropado por la sombra de las ramas lloró desconsoladamente, angustiado por un sentimiento de pérdida que le provocaba un enorme vacío. Se decía que había sido un tremendo error volver allí, persiguiendo un recuerdo, traicionando su promesa. Pero su tiempo se acababa; por ley de vida, y sabedor de ello notaba que siempre le faltó algo, que una porción de su alma se ocultaba en aquel estuche de plástico, y no quería marcharse sin saber que pellizco del corazón de la niña atesoraba.
                Emocionado, tembloroso como las briznas de hierba que el viento agitaba, desencajó la tapa y saco la bolsita roída por las polillas. Casi se desmenuza en sus manos mientras desenredaba el lazo. La pulsera de plata, ennegrecida por los años, se deslizó en sus manos liviana y fría. Se la llevó a los labios y la besó como aquel día lejano, dejando que las lágrimas le rodaran sin control por sus mejillas.
                Después de un largo rato, cuando ya empezaba a anochecer, guardó la cadena con los corazones en un bolsillo y se incorporó apoyándose en la encina. A sus pies, la caja de galletas con el estuche aun cerrado parecía olvidada, un objeto de desecho.
                Bajó la colina con cuidado, temeroso de que le fallaran las rodillas, y con pasos lentos se alejó por el sendero que llevaba al pueblo, avergonzado por su egoísmo le fue imposible mancillar el mensaje, el legado de su compañera. Él por su parte no se desprendería nunca más de su propio secreto.

Puedes votarlo en El Relato del Mes:
http://elrelatodelmes.wordpress.com/2011/11/01/votacion-mejor-relato-de-octubre-de-2011-primera-fase/

viernes, 14 de octubre de 2011

PARC VALLÈS PARADE SETEMBRE 2011




TERRASSA ESTA DE MODA - PARK VALLÈS PARADE
Tal vez uno de los desfiladas de moda mas grande jamas realizado.
Precisión, trabajo, ilusión y un gran equipo hicieron posible de nuevo el milagro de la Moda.
170 modelos
300 personas entre peluqueria, maquillaje, vestuario...
5 horas sin interrupción de pasarela
2 pases completos
2 carruseles finales
1 docena de marcas implicadas
EXITO DE PÚBLICO ABRUMADOR

dicección artística de Julián Gijón.

Colaborar en este evento como uno de los dos regidores que dábamos ritmo a esa cantidad de gente, fue agotador, pero tan gratificante que espero cuenten con mi ayuda para el 2012.

Miquel Farriol

sábado, 1 de octubre de 2011

¿QUÉ HAGO CON EL MONSTRUO?



 No sé cómo, ni cuando, entró en la habitación. Un frio extremo que traspasó las mantas, me despertó de repente, y sentí una presencia en la oscuridad.
Lleno de ansiedad encendí la luz y abandoné la cama. Mis pies descalzos chapotearon en el suelo viscoso y casi resbalo. Un olor a moho, llenaba el aire, tenía el vello del cuerpo erizado y los ojos abiertos como una lechuza.
 Algo se movía, entre el armario y la pared, pero cuando lo busqué, ya no estaba. Después lo noté a la espalda, cerca del escritorio. Me volví haciendo equilibrios sobre el resbaladizo suelo, el intruso, más rápido que yo, se desplazó dejando un rastro de sombras y un aroma putrefacto.

Lo más contundente que tenía a mano, era la lámpara de la mesita, si la utilizaba como arma, me quedaría a oscuras.


Ahora, está a mi izquierda, entre el lecho y yo. Su aliento helado me acaricia la oreja, le oigo respirar jadeante. Desquiciado, intento golpearle, girando sobre mí, proyectando el codo, pero ya no lo tengo al alcance, ha vuelto a escabullirse, para colocarse siempre a mi espalda.
Entro en un bucle de giros, miro al techo, busco en los rincones pero es tan veloz, que se oculta a mi mirada. Creo oír susurros, palabras extrañas que no comprendo, pero que oprimen el corazón. Siento que me ahogo, y agito los brazos, para alejar de mí al que me acecha.
Enfrente, la puerta entornada que lleva al pasillo, solo está a unos cuantos pasos. Tengo que salir del cuarto, pedir ayuda.
Algo me ha tocado el brazo, parecía un tentáculo con ventosas, como el de un pulpo. Me revuelvo y ya no está, es desesperante. Cada vez hace más frio, y estoy casi desnudo.

Voy hacia la puerta cuando, un doloroso latigazo, me hiere la pantorrilla y caigo de bruces,  sobre la gelatina desparramada por el suelo. No sé si podré llegar.


Con la fugacidad de un rayo, una forma transparente pasa ante mí. Creo ver unos ojos sin pupilas, mientras la dentellada de un tiburón se me clava en el estómago. Estoy sangrando.

Ahora o nunca, alcanzar la puerta es la única alternativa. El ente, ríe y hace saltar la lámpara por los aires. A oscuras, doy un salto hacia el pasillo y me estrello contra la puerta, que se ha cerrado al mismo tiempo.
La oscuridad es completa. Aprieto las manos contra el abdomen, para detener la hemorragia, la sangre mana, la siento correr por los muslos, atrayendo a cientos de culebras que suben por las piernas. Un tentáculo, grueso como un brazo, se enrosca en mi torso y aprieta. La lengua áspera como la lija del monstruo me recorre la cara. La terrible peste provoca arcadas y desfallezco, preso de aquella fuerza maligna.

Quiero gritar, pero la presión del abrazo no me deja. Pataleo sin fuerzas antes de que un último destello luminiscente, revele el contorno de la bestia con las fauces abiertas.

En ese momento un fogonazo, como el del flash de una cámara, llena la habitación con luz blanca y puedo verme en el espejo, colgado junto al galán de noche. El reflejo me dice que estoy solo, y que el único monstruo que hay en el dormitorio es mi propio delirio.

Ahora recuerdo que anoche, antes de irme a dormir, decidí no tomar la medicación.


 Si te gustó el relato puedes votarlo en: http://elrelatodelmes.wordpress.com/2011/09/30/miquel/


jueves, 25 de agosto de 2011

CUANDO REGRESES DEL HORIZONTE

            
 Apoyado en la barandilla de la cubierta más alta del crucero, se giró hacia el océano y se despidió de su inmensidad. Cerró los ojos mientras el aire le alborotaba los cabellos respirando con serenidad.
            El buque arribaba a puerto y sus pasajeros se asomaban excitados a los balconcillos, saludando con la mano y disparando sus cámaras fotográficas. En unos minutos, deslizarían las pasarelas para el desembarco en el muelle. Para unos, el viaje, terminaba, otros aun tendrían que hacer mucho camino.
            La dársena estaba llena de gente emocionada que tiraba confeti y serpentinas. Hacían ondear banderines y pancartas con lemas pintados. También vio como, algunas cámaras de medios de comunicación profesionales con las acreditaciones prendidas en el pecho de sus vestidos, se abrían paso con soberbia entre la masa de ciudadanos.
            Siguió su turno en la cola, avanzando despacito hacia la pasarela. Aquel comité de bienvenida no iba con él, cuando llegara abajo, lo esquivaría como mejor pudiera para alejarse cuanto antes del tumulto. Por suerte, fuese quién fuese la celebridad que esperaban, desembarcaría la última, por expresa indicación del capitán del crucero, para evitar que colapsara el paso, mientras acaparaba la atención de los flashes.
            Tirando de la maleta, con el equipaje, por un estrecho pasillo abierto entre la multitud, se alejó del desembarcadero hasta llegar a la zona de servicios. El aparcamiento donde se estacionan los taxis aun quedaba lejos, tras el edificio de consignas y el enorme restaurante del club náutico.
            Empezaba a llover, gotas grandes que iban tiñendo el suelo con rapidez. Un viento húmedo, que venía del mar le zarandeo con fuerza y tuvo que protegerse bajo un toldo, apretujándose contra la fachada del restaurante.
            En el muelle, el baño de masas se disolvía contrariado, la lluvia arreciaba desluciendo la solemnidad y el regocijo, las ganas de ovación se enfriaron y pronto empezaron a dispersarse. Todo pasó tan rápido que no pudo ver quién era aquel al que esperaban y que había suscitado tanta expectación.

            Al final, ni a él, ni al famoso, los recibían como se merecían.

            Desde donde estaba, en su pequeño refugio, tenía una buena perspectiva de la bahía artificial y si miraba más allá de los yates y buques de recreo fondeados en el puerto, el mar le ofrecía un espectáculo extraordinario.
            Los nubarrones de tormenta soltaban su furia sobre un mar picado por la galerna y todo se había oscurecido con una pesada luz grisácea. Solo alguna boya de amarillo reflectante cabeceaba capeando los vaivenes de las olas.

Al final de aquel océano crispado, una línea blanca acaparaba toda la luz, dividiendo el cielo y el mar, como asegurándose de que existe el arriba y el abajo y de que el mundo se divide en oscuras fosas abisales y un inmenso mundo de aire con dioses irreconciliables. Se maravillaba del espectáculo pero, su pragmatismo natural le recordaba que el horizonte visual esta mucho más cerca de lo que parece y que el engañoso infinito es un ardid de nuestro cerebro, aunque aun jugueteó un buen rato con sus fantasías, recreándose en la idea de una Tierra plana, limitada por precipicios y terribles cataratas.
            Con grandes zancadas, tres hombres y una mujer con gafas de sol corrían para parapetarse en el mismo lugar que le servía de protección. Se apretujaron a su lado, completamente empapados, maldiciendo el súbito cambio de tiempo.
            A pesar de las inapropiadas gafas oscuras, no le costó reconocer a la chica como a la ganadora de un reality televisivo y uno de los hombres le resultaba familiar. Los otros dos discutían sobre los términos de un contrato y no parecía que fuesen a ponerse de acuerdo.
No le apetecía compartir su espacio, pero la borrasca le mantuvo cobijado bajo la lona y volvió a ensimismarse en sus desvaríos.


En un mundo acotado por horizontes que conducen a la nada, donde la distancia hasta el precipicio se puede contar con pasos y los caminos se cortan obligándole, a uno, al regreso como única alternativa, tiene sentido la mitología, los temores que nacen de lo desconocido y la parsimonia del inmovilismo. En esa Tierra plana, se entiende que, con sus bordes ya explorados, la apatía de los emprendedores se arraigue y creen nuevos mitos, y comprendía que endiosaran a becerros dorados para que iluminaran su falta de expectativas. En un mundo con márgenes infranqueables, finito y medieval esos comportamientos estaban excusados por la ignorancia y el oscurantismo, pero hoy, en este siglo, aquella perspectiva llena de limitaciones le parecía patética.

Cuando emprendió el viaje de regreso se sentía un poco como aquellos míticos exploradores que incapaces de franquear los límites del horizonte, volvían a puerto contando historias sobre remolinos de agua que engullían las naves y abismos oscuros que le impedían seguir con la travesía, justificando con aquellos cuentos, su fracaso. Para él, la aventura, terminó en un lujoso despacho, donde, con muy buenas palabras, le negaron la financiación para su proyecto. En ese momento de decepción creyó que había llegado al límite de sus posibilidades y tiró la toalla. Volvía a casa para contar como serpientes marinas le barraron el paso obligándole a regresar con las manos vacías. 

-          ¡Maldita lluvia!, me ha jodido bien

La voz aguda de la mujer le devolvió de sus pensamientos.

-          ¿Es qué no va a parar nunca?- Parecía que se dirigía a él, porque, los tres acompañantes, hablaban por sus respectivos teléfonos intentando que alguien los recogiera.
-          Estas tormentas no suelen durar, pero son muy intensas.- Le dijo por cortesía.
-          ¿Eres de aquí?
-          Sí.
-          Lo lamento ¡Esto es el culo del mundo!
-          No esta tan mal, es un lugar acogedor.- Intentó no sentirse agredido por el comentario.
-          Entonces ¿Por qué te largaste?, te vi en el barco.
-          Negocios…
-          Yo estoy aquí por lo mismo, ¡Eso si para de llover y llego a tiempo a la entrevista! ¡Mierda! ¿No llegará nunca ese coche? ¡Voy a perder una pasta increíble si no me presento!

            Los acompañantes de la chica hacían lo posible por ignorarla, cansados de sus continuas quejas y falta de modales. Se notaba que sentían desprecio por ella y que solo la soportaban por ser la última gallina de huevos de oro. El becerro dorado de moda.

            Unas espesas nubes se rozaron y de su fricción nació un estruendo que hizo vibrar el aire, asustando a la muchacha. Con un respingo se apretujó contra él, agarrándole el brazo y sintió su cuerpo desvalido con las ropas empapadas. Se percató de que era apenas una niña, una adolescente que viajaba por una Tierra plana, sin más futuro que el fracaso. Aun así, ella, arrastrada por su propio éxito, era incapaz de ver más allá de la inmediatez, desaprovechando las posibilidades del viaje.
            Contempló aquel rostro juvenil excesivamente maquillado con labios poco naturales, que le daban cierto aire cabaretero, anhelando que algún día se diera cuenta de que el éxito en la vida es maravilloso si perdura, pero para que la fortuna sonría, hay que buscar con tesón y no dormirse en los laureles. Tener perspectiva buscando siempre el punto de fuga. 

            Le venían ideas a la cabeza, ráfagas de inspiración causadas por un sexto sentido que le mantuvieron absorto, mientras la muchacha seguía aferrada a su brazo, tiritando de frio con los pies mojados y un mohín de disgusto infantil. Con cada trueno de la tormenta un nuevo pensamiento explotaba en su cerebro como si fueran voces que le gritaban ofendidas.

“Si regresas y cuentas que llegaste al horizonte, te estarás mintiendo a ti mismo”

-          La Tierra, no es plana. El horizonte no existe, solo es un truco, un efecto óptico.
-          ¿Qué coño estás diciendo? Tío – Se sorprendió la niña.

Le soltó el brazo y se apartó de él. Lo miraba por encima de la montura de las gafas, como si fuera un bicho raro y dando un paso atrás se unió a sus acompañantes. Él, divertido agarró el asa de la maleta y abandonó la protección del toldo para regresar a la rampa que le devolvía al muelle, sin hacer caso de la tormenta ni del viento que lo zarandeaba, se dirigió a la consigna, allí estaba la oficina de aduanas y la agencia que tramitaba los pasajes.

Se embarcaría de nuevo, para enfrentarse a los tentáculos de los gigantescos cetáceos que habitan en el horizonte hasta cruzar los confines y sobrepasar el límite, por una simple razón; no existen, solo son mitos.

Si al final, perdía y un vórtice marino lo engullía o se despeñaba por el acantilado del fin del mundo se sentiría satisfecho igualmente por lo aprendido durante el viaje y orgulloso por su osadía desafiando al horizonte, que nunca más le privaría de ver que se oculta tras aquella línea irreal.

La lluvia y una adolescente sin  proyectos fueron su pasaje de vuelta a la aventura.


miércoles, 24 de agosto de 2011

SOMBRAS DEL PASADO


SOMBRAS CHINESCAS
4a parte
SOMBRAS DEL PASADO

  
Era cierto que la historia del balneario estaba documentada. En una estantería, junto a una vitrina que guardaba una colección de gárgolas en miniatura, encontré una serie de tomos rotulados con pan de oro, con el nombre del hotel. Empecé por el marcado con el uno romano y fui repasando, durante toda la mañana, el resto de volúmenes.
A media mañana entró en la biblioteca un policía sin uniforme. Se identificó y me pidió la matrícula de mi coche, querían comprobar si a la hora de la muerte yo estaba cruzando un peaje de la autopista. Se la di sin problemas y pregunté si sabían cual había sido el motivo del fallecimiento. El agente se mostró cauto y me comentó que faltaba cotejar algunos cabos sueltos, luego me dejó solo en la biblioteca.
Como me adelantó Rius, la primera referencia sobre el manantial termal lo situaba en la época de los íberos, que al parecer construyeron una muralla a la entrada de la cueva donde brotaba el caño de agua. Las investigaciones no revelaban el uso que aquel pueblo daba a aquellas aguas, y por qué lo protegían con un cercado de piedra. En la excavación se encontró una poza que los sedimentos habían cegado pero que al vaciarla reveló una infinita cantidad de huesos de animales y también cráneos humanos.
Los vestigios de aquella civilización estaban en el estrato más antiguo, sobre él unas ruinas romanas daban fe de que con posterioridad al enclave nativo, los conquistadores romanos, edificaron una casa solariega seguramente para un cónsul que velaba por el interés de Roma, en aquellas tierras Íberas.
La construcción debió ser exquisita, contaba con canalizaciones que surgían de la cueva y distribuían el agua en conductos de cerámica por todo el complejo. Los tubos llenaban dos grandes piscinas excavadas directamente en la roca y hornos de carbón, estratégicamente colocados, mantenían la temperatura del flujo de agua, actuando sobre las cañerías.
En esta etapa de las excavaciones, los arqueólogos, se toparon con un misterio que nunca se había resuelto.
El lugar, con el tiempo, sufrió saqueos, deterioro, erosión y remodelaciones que otras culturas realizaron, no siempre de forma respetuosa, pero de forma inexplicable, un bajorrelieve en la entrada de la cueva, se había conservado.  Al intentar descifrarlo, los estudiosos se quedaron pasmados pues nunca antes, en ningún lugar, allí donde llegó el imperio romano, se había encontrado una narración parecida. En el libro, una fotografía de la piedra esculpida daba idea de que su tamaño era apenas de un par de palmos.
El escultor que grabó el granito había representado una especie de fuente que brotaba directamente del techo de una gruta para hundirse en un estrecho pozo. Confundiéndose con el chorro de agua petrificada, formas humanas surgían del estanque con rostros extraños que recorvaban demonios. Parecían angustiados y llenos de dolor.
El friso pertenecía, ahora, a la familia que construyó La Gárgola d'Aigua, hacía poco más de un siglo.
En algún momento, un gran desprendimiento en la gruta, bloqueó el túnel que llevaba a la fuente del interior de la montaña y encontraron vestigios de que la residencia romana fue abandonada y desmontada piedra a piedra por los lugareños. Se creía que el enclave fue olvidado con los años y que durante siglos no hubo actividad en el manantial, que permaneció enterrado en su caverna.
A principios del siglo XIV, un nuevo asentamiento excavó la montaña desde una de sus laderas y derribó el bloqueo que el desprendimiento había causado. Se trataba de una comunidad judía, de la que constaban referencias como mercaderes de la zona. Reconstruyeron parte de las termas que los romanos abandonaron y ampliaron el complejo según sus necesidades.
El lugar parecía estar dedicado a baños de uso público, por los que tal vez se cobrase una entrada, salvo por la confección de una pequeña capilla en el interior de la montaña, como antesala a la fuente. En el suelo se documentó un gravado que recordaba a un murciélago dentro de una estrella de cinco puntas.
Aquellos judíos estuvieron presentes en la zona hasta que fueron expulsados por un monje alquimista, que hizo construir un santuario en lo alto de la montaña. Las leyendas, que los arqueólogos recogieron de los pastores del valle, cantaban épicas batallas del monje enfrentándose a demonios venidos de las tinieblas y viajes al centro del infierno navegando por un río que nacía en el vientre de las rocas.
Finalmente, el manantial se colapsó durante al menos otros dos siglos. En los escritos que el monje legó a su diócesis explicaba que, una noche tras un gran temblor, empezaron a salir columnas de humo amarillo de la boca de la cueva y que, los primeros que respiraron aquella nube, perecieron al instante con terribles ahogos. El agua que extraían con canalizaciones se volvió ácida y envenenó plantas y animales, también murieron algunos niños y no tuvieron más alternativa que volver a cegar la entrada y marcharse del lugar, que se había vuelto tóxico para la vida.
La montaña y la fuente de sus entrañas quedaron de nuevo olvidadas hasta la llegada de la familia, Ferrer i Collverd, que en mil novecientos veinte adquirieron aquellos terrenos yermos y reabrieron la cueva. Para su sorpresa, el manantial aun fluía y su agua volvía a ser potable, conservando propiedades termales. Ya no había rastro de emanaciones de gas sulfuroso y encargaron el proyecto de la construcción de La Gárgola d'Aigua a un arriesgado arquitecto modernista, que se inspiró en el motivo grabado en la capilla judía, para el diseño del escudo de la família. Una gárgola con las alas desplegadas  bebiendo de una cascada de agua.

Toda la narración de la historia de la fuente estaba repleta de licencias literarias y especulaciones del equipo encargado de recopilar la información. Conforme iba leyendo me dejaba llevar por los caminos que los autores marcaban, más por sus propias interpretaciones que por el rigor existente en sus datos.

Un lugar tan especial, con tanto pasado a sus espaldas, debería formar parte del patrimonio popular pero, a principios de siglo XIX, las ruinas eran solo eso, un montón de molestas piedras.

Cuando empezaron las obras de cimentación, destruyeron los vestigios de los diferentes estratos de ocupación, desapareciendo para siempre. De toda la historia conocida, de aquel  ancestro manantial, solo quedaba el túnel excavado por los judíos, que las termas en cruz, habían tapiado y la entrada de la cueva, en un rincón profundo, del jardín del balneario.

En el último tomo, donde se contaba la historia reciente del hotel, encontré una fotografía del matrimonio fundador que lo gestiono hasta mil novecientos ochenta i cinco. El negocio pasó a manos de su hija, Mariona Ferrer i Collverd, y de su marido, agente mercantil, que nunca demostró interés en el negocio de su esposa. Fruto de aquel matrimonio vino al mundo Claudi Teixidó i Collverd, actual gestor. A medía página y fechada en el momento de su realización, una imagen del hombre de pelo blanco, que había visto a la entrada y luego en las termas, aparecía con aspecto juvenil, posando para el fotógrafo.

Sin darme cuenta había dejado pasar la mañana. Después de lo sucedido en la sauna, la noche anterior, no logré conciliar el sueño y en cuanto amaneció, baje a la biblioteca enfrascándome en la lectura. Ahora me sentía embotado, necesitaba estirar las articulaciones, aunque me daba cierto reparo salir de aquella sala y cruzarme con alguno de los residentes.

Era evidente que el motivo que me llevó al balneario, la novela, quedaba relegado permanentemente.

Envuelto por las sombras de un pasado turbulento, lleno de hechos desconocidos, sentía la imperiosa necesidad de seguir adelante, hasta disipar las dudas que me corroían. Algo que no podía explicar se apoderó de mí en los baños,  los extraños relatos de los residentes daban fe de que una fuerza antinatural moraba en las profundidades del manantial. Lo que no alcanzaba a comprender era el magnetismo que los acontecimientos causaban en mí. El balneario llevaba muchos años funcionando y había albergado a incontables huéspedes que disfrutaron de las instalaciones sin problemas. En las guías de turismo lo señalaban con cuatro estrellas y lo definían como un lugar acogedor, de trato familiar, con valoraciones muy positivas para su comedor y el esplendido jardín. Desde su construcción, no había nada, en su historial, referente a hechos extraños.
Entonces ¿Por qué tenía aquella sensación de que me hundía en un pantanoso universo de energías insólitas?

Cuando se pierde el control, las cosas, tienden a empeorar, a embrollarse de tal manera que ni la huída sirve para evadirse.

Con toda aquella información archivada en el cerebro, me planteé volver a marcharme, pero en lugar de eso, casi sin darme cuenta, me encontré sentado frente a la barra del bar, con un Martini en la mano. El barman me observaba en silencio mientras, con un paño, secaba unos vasos junto a la máquina de café. Poco después entablamos una conversación banal que poco a poco fui llevando a mi terreno.
Después de averiguar que el tipo llevaba trabajando en La Gárgola d'Aigua desde que era un crio, cuando empezó como mozo de maletas y aprendiz de jardinero, hasta prosperar y convertirse en un excelente barman, supe que era la persona adecuada para obtener información. Igual que el maître Rius, el encargado del bar era un hombre educado y discreto, aunque, su trabajo, no requería ser tan estricto como el jefe de sala. Las interminables horas tras una barra habían hecho de él un paciente conversador. Me fue fácil introducir el tema que me interesaba, pues parecía que el barman estaba harto de Maruja Bernal, la médium.

-Sí, así es, en su momento fue una mujer muy famosa e influyente. Dicen que hasta la policía confió en ella para resolver un caso de desapariciones.
-¿Y les fue de ayuda? - Pregunté.
-No tengo ni idea, algunos dicen que sí, que encontraron los cadáveres de los desaparecidos, semienterrados, en las ruinas del santuario que hay en lo alto de la montaña, y que fue ella quien condujo a la policía hasta allí, pero yo creo que fue casualidad. Recuerdo que por aquel entonces, se instaló en el hotel, Don Claudi, el propietario reservó la mejor habitación de la planta baja para ella, desde entonces se la trata con toda clase de privilegios. Siempre fue una mujer difícil. Caprichosa y engreída, pero la edad la ha hecho cada vez más quisquillosa, hay días en que le cuesta a uno ser tolerante con sus maneras.
-Desde luego es toda una personalidad.
-Lo que yo le diga, caballero.

Le pedí que me sirviera otra copa y aprovechando que no había nadie más en la barra del bar, seguimos conversando durante un buen rato. El hombre tenía muchas anécdotas que contar, ya que era uno de los empleados más antiguos del hotel, solo lo superaban en años de contrato el maître y la cocinera, que me confesó, se estaba quedando ciega y pronto sería relevada por un joven chef, al que Clauidi Teixidó había echado el ojo, pero ninguna de las aventuras que contaba tenía nada que ver con hechos fuera de lo común.

-Entonces, ¿Por qué cree que, La Bernal, tiene tantos privilegios?
-Cosas de Don Claudi, es como si tuvieran un acuerdo, nunca lo supe a ciencia cierta.

Podía haberlo dejado ahí, dedicarme a disfrutar de los masajes, de las bañeras de burbujas o embadurnarme con lodos terapéuticos, pero cuando me disponía a entrar en el comedor vi como Rocío me hacía señas desde su mesa, la saludé y ella me invitó a que la acompañara.

Durante la comida, una nueva revelación, hizo que se me encogiera el estomago y perdiera el apetito. 

Mientras le contaba todo lo que había leído en la biblioteca, ella, parecía interesada, aunque no me dio la sensación de que ninguna de las historias la sorprendiera. Me guardé para mí la experiencia de la sauna, pues en realidad, no había nada que sustentara el terror que sentí en la soledad de los corredores. Cuando comenté lo mal que me había sentido en el jardín, cuando la niña nos observaba desde el sendero, Rocío contesto.

-¿De que niña me hablas?, yo solo vi al muchacho rubio.

Sin palabras, atónito por completo, me atraganté con el vino y tuve que protegerme la boca con la servilleta, para no escupir el líquido.

-¡Pero yo creí que...los dos...que tú también...!
-Recuerdo que, cuando estábamos en la glorieta, apareció ese muchacho. Siempre esta deambulando por ahí, me pone nerviosa.

En el jardín, mientras hablaba con Rocío, yo estaba en perfectas condiciones, no podía achacar al vapor de la sauna, una nueva alucinación. Tenía las manos heladas y la nuca sudorosa, me temblaba las piernas, absorto en el despreocupado rostro de Rocío, inconsciente de la trascendencia que tenía lo que me decía.

Rius se acercó con paso elegante a nuestra mesa. Intente disimular, bajando la cabeza, para que no viera mi cara de espanto.

-¿Todo a sido del agrado de los señores?
Rocío le contestó con una sonrisa y halagó al chef por el estupendo menú.
-Lo celebro, haré llegar su comentario a la cocina, puede estar segura. Si el señor Montal ha terminado de comer y la señorita no tiene inconveniente, al señor Claudi Teixidó le gustaría invitarle a café en el ala privada del hotel. ¿Le parece bien, o tiene algún compromiso?
¿Compromiso? Lo que empezaba a tener era miedo.
-Será un placer, aunque no entiendo que interés puede tener, el señor Teixidó, en mí.
-Creo que está usted interesado en la historia del balneario, la familia Collverd conserva una esplendida colección de los restos arqueológicos que se pudieron recuperar, antes de la construcción. Seguro que la encontrará interesante.

Atrapado, o me excusaba o aceptaba la invitación. ¿Era tan importante para mí seguir husmeando en las sombras? Había visto fantasmas, en las termas y en el jardín, si me marchaba ahora nunca sabría si había perdido la razón.

Me despedí de Rocío para acompañar al maître por un pasillo acordonado para los clientes.
Nos internamos por una gran puerta y atravesamos un par de salas algo barrocas, que parecían tener poco uso, hasta llegar a un salón que recibía la luz de una gran claraboya. Parecía un invernadero de bonsáis, aunque también otras plantas y flores se repartían el espacio. Tras un separador, de marquetería oriental, se adivinaban dos siluetas acomodadas en sillones de mimbre. Nos acercamos y el jefe de sala, me presentó.

-Señores, el señor Montal.

Frente a mí, sentados uno enfrente del otro. El propietario del hotel, Claudí Teixidó, y el muchacho rubio del ojo amarillo, me sonreían afables.

Toda la luz que se filtraba por la cúpula del techo, se convirtió en sombras a mí alrededor.