martes, 13 de octubre de 2009

CRIATURAS MITOLÓGICAS


Las gárgolas no tenemos corazón y somos seres poco gregarios. No sentimos la necesidad de agruparnos ni nos dejamos subordinar.
Cuando me instalé en la cornisa donde descanso de mis vuelos nocturnos, hace ya bastantes años, estaba convencido de que mi especie estaba a punto de extinguirse y de que yo era uno de sus últimos representantes. Aquello no me preocupaba demasiado pues la falta de empatía era extensible a mi propia existencia.
Durante mis incursiones por la ciudad ya fuera sobrevolando los edificios más altos o mientras observaba desde la oscuridad de los callejones, siempre tuve una extraña sensación que me perturbaba y al mismo tiempo despertaba mi interés.
Vigilaba a los humanos que deambulaban con la cabeza baja, recelosos los unos de los otros y su mirada, muchas veces, era el reflejo de una ansiedad desaforada.
Como soy un ser cruel me divertía con las miserias que les atormentaban y sabiéndome superior despreciaba sus vanos intentos de supervivencia.
Pero una noche todo cambió y mientras observaba a un hombrecillo que se afanaba en ordenar unos paquetes descubrí cual era el misterio que me atraía y me hacía permanecer horas descifrando el devenir de aquellos humanos.
El tipo era dueño de un pequeño quiosco y cada día, antes del amanecer, cuando las calles estaban casi desiertas se aproximaba con paso ligero hasta su tenderete. No importaba ni el frío, ni la oscuridad, ni tampoco la soledad que a esas horas tan tempranas se apropia de la ciudad. El individuo siempre era puntual y de forma mecánica organizaba los paquetes que el reparto le había dejado poco antes.
Todos los días era lo mismo y poco a poco mi curiosidad aumentaba así que cada noche esperaba apostado en una azotea cercana a que el hombre llegara y realizara su ritual.
Si yo no fuera una gárgola me acercaría al quiosquero y le diría — ¡Hey, tío, tú y yo nos parecemos!—Pero seguro que se moría del susto y decidí seguir observándolo desde mi atalaya. Incluso arriesgue y seguí apostado a pesar de que ya había amanecido y la luz me hacía visible a los ojos de los transeúntes, pero estos lejos de fijarse en mí continuaban con sus quehaceres y me ignoraban por completo.
Algo parecido le pasaba al tipo del quiosco. La gente se acercaba a su garito y por unas míseras monedas se llevaban una publicación y un poquito de la dignidad del propietario. Cierto es que no todos los clientes se mostraban tan esquivos y que algunos se dignaban mirar al quiosquero y darle los buenos días, con unos pocos hasta había complicidad y se notaba afecto mutuo, pero la mayoría estaban demasiado ensimismados como para prestarle atención.
Aquel vendedor estaba curtido por los fríos vientos del amanecer y por las hostias que recibía mientras repasaba albaranes que nunca cuadraban con el género, así que a primera vista no parecía importarle que los compradores le tomaran por una parte del quiosco y no se percataran del esfuerzo que implicaba para él trabajar sin descanso a cambio de unos pocos céntimos de euro.
Como os digo, mi especie desaparece y mucho me temo que la casta de los vendedores de prensa nos acompañará en el desastre. Igual que mis congéneres esos madrugadores personajes que ponen en marcha la ciudad siempre fueron demasiado independientes, un poco egoístas e incapaces de mantener relaciones cordiales con sus iguales y eso les aboca a la soledad y por ende a la impotencia frente abusos y la indiferencia de sus proveedores.
Si en un pasado mis hermanas gárgolas hubiesen aunado su potencial, hoy dominaríamos el mundo, o por lo menos tendríamos un hueco entre el resto de pobladores de la tierra. Si hubiésemos sido capaces de organizarnos tendríamos voz, y por horribles que fuésemos ante los ojos del resto de los mortales, estos estarían obligados a aceptarnos. Sin embargo a las gárgolas nos gusta volar solas y cazar en silencio.
Me pregunto cuanto tiempo le queda a ese colectivo, ¿cuanto más resistirá los envites de una sociedad cambiante y tecnológica?, Tal vez se conviertan en reliquias del pasado, en seres mitológicos que solo habitan en las leyendas y que muchos hasta dudarán de que alguna vez existieron.

Miquel Farriol

1 comentario:

maca molist dijo...

Hola Miquel, durante un tiempo te seguí por extravaganzia, pero ya no te veo, ¿estas muy liado? anímate a seguir. Yo también he estado un poco fuera, pero hoy he empezado de nuevo, un abrazo, Maca.