martes, 6 de abril de 2010

EN LA TRINCHERA



AUTOR: MIQUEL FARRIOL
LECTURA: JULIÁN GIJÓN

Apostado en el campanario, tenia la mejor atalaya para observar la planicie que se extendía bajo su sombra. Desde allí, cualquier movimiento que se produjera en la trinchera, cavada a unos cientos de metros, no le pasaría inadvertida y solo, al caer la noche, la oscuridad protegería a los que allí resistían,

Ya hacía días que mantenían aquel pulso. Los unos, apretujados como conejos en su madriguera, intentando mantener la posición y el vigía del campanario, alerta ante cualquier movimiento. Sus órdenes eran claras. Disparar a quien se atreviese a sacar la cabeza de la trinchera.

Aquel día, un cielo brumoso acompañaba al sol que se ocultaba tras las colinas y el soldado del campanario, agudizó sus sentidos y tenso la mandíbula. Su experiencia en guardias como aquella le decían que, en contra de lo que se podía pensar, aquel era el mejor momento para su particular "caza". Cuanto más negra era la noche, mejor, y solo faltaban unas horas para la luna nueva.

En sus largas vigilias le daba vueltas a aquella situación, y no lograba entender porque los soldados que se atrincheraban en el llano, cometían cada noche, el mismo error.

Y sin embargo ahí estaba otra vez.

Un diminuto punto luminoso, apenas perceptible, fluctuaba en el borde de la fosa. Era como una estrella lejana que apenas revelaba su existencia emitiendo un destello leve y fugaz, pero que marcaba una posición concreta, una referencia a donde apuntar el cañón de su fusil.

El veterano tirador, apretó los labios mientras ajustaba la mirilla de su arma y se acomodó la culata en el hombro. Apretó con delicadeza el gatillo y un trueno lleno de ecos la llanura.

Al instante, la pequeña lucecita desapareció y la oscuridad volvió a ser completa.

Él, sabía que sus probabilidades de acertar, con su disparo, eran mucho mayores en aquellas condiciones que a plena luz del día y aunque no se sentía feliz haciéndolo, era su misión y una lucha por su propia supervivencia, así que solo aprovechaba la ventaja de que disponía y actuaba en consecuencia.

El tímido destello duraba, lo que dura un fósforo y servía para dar lumbre a más de un soldado. Así, agrupados alrededor de la llama, aprovechaban la cerilla para encender varios cigarrillos al mismo tiempo, ya que casi habían acabado con sus existencias.

Aquella acción tan sencilla requería una difícil decisión pues no solo se trataba de ponerse de acuerdo en el momento en que debían encender sus pitillos, también debían estar preparados para ser un blanco fácil, pero ante situaciones desesperadas, donde lo único que importa es el presente, aquellos hombres, decidían compartir el riesgo y tentar a la fortuna.

En lo alto del campanario, su enemigo, paciente, esperaría ese momento y apuntando al centro del destello, sus probabilidades de acierto se multiplicaban por tres o cuatro. Una más por cada hombre que se atrevía a compartir la llama. Dispararía a bulto, y el proyectil cruzaría en unos segundos la planicie al encuentro del soldado a que estaba predestinado.

Incluso en momentos como aquellos, cuando el peligro era tan evidente, los hombres se agrupaban para compartir y aquello tenía algo de hermoso. Ante la dificultad, ante el dolor y el miedo algo dentro de ellos les hacía agruparse. Haciendo piña, alrededor de una llama temblorosa.

Aquella batalla, un día, terminaría. Y los supervivientes volverían a casa a recomponer sus vidas. El francotirador, olvidada su arma en un rincón, se integraría con sus semejantes con la lección bien aprendida y una perpleja admiración hacia el resto de los hombres.

Cuanto más difícil es el momento. Cuanta mayor es la escasez, las personas, más comparten su energía y demuestran más capacidad de trabajo. En esa unión, capaz de reconstruir sobre ruinas nuevas catedrales y hermosas ciudades, late una de la mayores virtudes que puedan tener los seres humanos y de la que dependen, por completo, para su supervivencia.

Trabajar en equipo, apoyándose unos con otros. Buscar objetivos comunes y aprovechar el flamear del fósforo, por breve que este sea, para acercarse a sus semejantes y ponerse a tiro de la fortuna, tiene riesgos, pero también da apoyos, lazos de los que sacar provecho.

Hoy, el campo de batalla es un prado falto de agua, una tierra cada vez más yerma que apenas da cosecha y aunque los tiempos de tanques y bombardeos pasaron, otra lucha despiadada se desenvuelve entre las colinas y los vientos barren la plana cargados de temores, escaséces e incertidumbre.

El tirador de la torre, regresó al valle con la idea de cavar una nueva trinchera donde resistir los malos tiempos, algunas personas más se protegerían allí aportando sus mermadas fuerzas para cavar, apuntalar y resistir las frías noches que tenían por delante. Llegado el momento, se acercarían unos a otros, y el soldado sacaría cajetilla de cerillas del bolsillo de su chaqueta, y tras elegir una, le prendería fuego.

En la caja ya quedan muy pocas cerillas pero reservarlas solo alarga la escasez.

¿Será este el momento de encenderla? O conviene reservarlas por si las cosas empeoran.

Nuestro soldado, no dudó ni un instante. Con un rápido gesto de la muñeca rasco el fósforo que se coronó con un aura ardiente, iluminando la penumbra. Y protegiendo su fulgor con la otra mano, la ofreció al resto del grupo.

Aquella noche, la torre del campanario, no escondía a ningún francotirador, y la llama que unió a unos cuantos, seguía brillando después de encender el último cigarrillo.