martes, 12 de octubre de 2010

UN DIA EN EL MUSEO



Después de visitar salas repletas de arte contemporáneo, hacíamos cola en la entrada de la nueva sala del edificio. Hacia poco de su inauguración y eran muchos los curiosos que se acercaban para ver la exposición de los últimos descubrimientos arqueológicos.

En un edificio en demolición, las excavadoras robotizadas se toparon con los restos de un yacimiento olvidado y los técnicos ordenaron detener las obras. Para su sorpresa, bajo un montón de escombros empezaron a aparecer diversos objetos y restos deteriorados de artilugios que no supieron identificar. Dada la magnitud del hallazgo las autoridades se hicieron cargo del emplazamiento y durante años una cúpula de plasma ocultó sus trabajos a las cámaras por control remoto de los periodistas. Así que nadie sabía que era lo que habían encontrado, lo que creaba una expectación acorde con el misterio.

Para asistir a la presentación hacía falta una acreditación especial, concedida con meses de antelación. Al llegar escaneaban las pupilas de los invitados con un lector de mano, y se les insertaba un sensor de localización en la yema del dedo, el efecto duraba solo unas horas y era inocuo para el organismo. Todos estábamos acostumbrados a las medidas de seguridad que percibíamos como un bien común, después de todo era obligatorio a partir de los ocho años estar inscrito en las bases de datos del departamento de Justicia y Hacienda. La vacuna era gratuita y se suministraba en las enfermerías de los centros de educación en cada inspección mensual. En unos segundos una enfermera itinerante aplicaba un inyectable por aire comprimido que alojaba un diminuto chip en el hombro de los niños, quedando identificados y conectados a los servicios centrales, de por vida.

Una vez pasados los controles de la entrada, una cinta transportadora desplazaba a los visitantes por un circuito programado por salas y auditorios. En cada sección regulaba su velocidad para hacer más placentera la contemplación de las obras y los autómatas guía se explayaban en explicaciones y proyecciones tridimensionales.

En aquel edificio, todo era espectacular. Su misma concepción era puro arte y todo estaba dispuesto para el disfrute de los visitantes.

La pasarela deslizante nos condujo a la última sala, la más esperada. Por fin, tras años de secretismo, los elegidos, contemplaríamos los tesoros que la tierra oculto durante decenios.

Iluminada con sobriedad, la nave, enfatizaba con focos dirigidos a unas urnas verticales, en un gran espacio vacío donde las distancias entre paredes se hacían imprecisas. Solo las vitrinas brillantes y tras ellas una pantalla gigante donde ver con todo lujo de detalles que misterio se exponía en cada receptáculo, amueblaba la estancia.

Un gracioso ciborg hacía de maestro de ceremonias y nos invitó a guardar silencio y con su voz sintetizada nos explicó que a pesar de haber realizado cientos de experimentos y todos los análisis conocidos, los expertos no habían hallado respuestas para algunos de los artefactos descubiertos durante la excavación, y de ahí el título con que se había presentado el evento. Museo de los Enigmas, bautizado por el comisario de la exposición, tal era la perplejidad que le causaban los objetos.

Y por fin, nos mostraron el primer tesoro.

Al principio no impresionaba, se asemejaba a una cajita sencilla, con dos agujeros que la atravesaban de parte a parte, y en su interior unas pequeñas ruedecitas dentadas parecía que tenían la función de arrastrar una cinta que ahora estaba enredada y colgaba como un despojo. Parecía tener unos hologramas o algo parecido impreso en su superficie y según la reconstrucción realizada por ordenadores se podía leer "Los Marismeños ", sin duda se trataba de un código o una referencia sin sentido para ninguno de nosotros. También se intuían en uno de sus lados "Cara A" y en el otro "Cara B".

Boquiabiertos seguimos mirando fijamente la pantalla y nos enseñaron el segundo objeto.

Éste era cilíndrico, aun más pequeño que el anterior. Parecía un cartucho pero una rendija lo cruzaba de arriba a bajo. También se descolgaba una cinta desde el interior pero esta era más ancha, más negra y estaba surcada por pequeños taladros en sus bordes. Algún tipo de mecanismo rotatorio en su interior le hacía el receptáculo perfecto para enrollar y desenrollar la cinta. Adaptándose a la curva de su contorno, otros símbolos desconocidos aparecían al forzar el contraste; " Kodak 100 ASA ".

Nos contaron que junto a aquella especie de casquillo también se encontró fragmentos de lo que en origen debía de ser una plancha circular, del tamaño de un plato grande y que tenía toda la superficie grabada por surcos milimétricos como en una espiral interminable. Reconstruyéndolo como un puzzle obtuvieron la mitad y dedujeron que en el centro había un orificio de menos de un centímetro desgastado por algún tipo de fricción. Aquí fue más difícil encontrar inscripciones, solo un rudimentario resto de tinta había resistido el paso del tiempo; "Donna Summers" y también, "Cara A". Los expertos sospechaban que también hubo una "Cara B".

La penúltima vitrina era la menos espectacular. Solo se veían un montón de fibras, y finas láminas de algún compuesto vegetal. Su color era como el del ámbar pero estaba moteado por diminutos puntitos negros y rectángulos oscuros. Cuando las cámaras hicieron zoom aproximándose, los puntos, resultaron ser letras y símbolos de distintos tamaños. Los cuadros que bordeaban los textos, eran imágenes difusas y no se podía distinguir nada concreto. Era el más delicado de todo lo expuesto y estaba al borde de la desintegración. Con sus extremos, chamuscados y roídos por los insectos, conservaba la parte superior, donde los signos de impresión eran más relevantes y los caracteres de mayores dimensiones. Y leí; "LA VANGUARD....", y un desgarro interrumpía la secuencia.

Me quede indiferente. Aquel pliego de legajos no parecía ser nada práctico, seguro que nunca tuvo utilidad alguna.

El que más me intrigó fue el último de los cachivaches. En su urna un tubo negro, más estrecho en un extremo que en el otro y con lo que parecían dos partes superpuestas. La superior estaba coronada con una incrustación blanca y era redondeada. El extremo inferior, acababa en punta con un casquete dorado. Separando las dos mitades un aro de metal amarillo guardaba otras inscripciones sin sentido. Mont Blanc.

¿Para que servía en su origen?, Nadie lo sabía. En realidad, aquella si que era la Sala de los Enigmas. Todo parecía rudimentario, ancestro, fuera de lugar.

Aquella noche soñé con grandes aventuras donde descubría tesoros y me internaba en las grutas del pasado. Los museos siempre son estimulantes.