jueves, 17 de febrero de 2011

ROMPEOLAS



Vigilar el horizonte era mi principal ocupación, encaramado a una roca alta, en el centro de la bahía. Daba igual si el tiempo acompañaba o los cielos se oscurecían y derramaban su lluvia. Cada día, después de reanimar el fuego, conseguir algo de agua y recoger algunas bayas silvestres, trepaba al peñasco y saludaba al rompiente, donde las olas se rizaban al encontrarse con el arrecife.

Como muros azules, las ondulaciones del mar, crecían elevándose al llegar al afloramiento coralino, para después, volcarse en su propio abismo, desbordando espuma con estruendo.
Con su empuje, el océano, superaba la barrera recomponiendo su superficie sinuosa hasta calmarse en la orilla de la playa. Cuando el agua golpeaba mi roca, solo era una salpicadura agradable que refrescaba mi guardia bajo el sol.
Si había tormenta, el rompeolas, se convertía en un verdadero infierno de remolinos que explotaban y se golpeaban, fundiéndose unos con otros, izando murallas inexpugnables de agua embravecida.

Gaviotas chillonas cruzaban el cielo, volando hacia el sur, al otro lado de mi isla. Para ellas, aquel lugar era un refugio temporal. Para mí, el maldito islote, solo una prisión.

Con los meses aprendí y me adapté. Levanté un campamento, recorrí los bosques del interior y bordeé la costa. Me costó encontrar una fuente de agua, que no siempre brotaba y aprendí a cazar roedores, algún pajarillo y me alimenté con bayas, moras y unos frutos de amargo sabor. Pero no hubo de pasar mucho tiempo para comprender que mi idílico paraíso se marchitaba, dejándome sin sustento.
En soledad, sin medios para abastecerme, exprimía los escasos recursos que la isla me ofrecía, consciente de que aquello no duraría.

Contaba las olas, registraba sus secuencias en una tablilla que marcaba con bastoncillos de carbón. Anotaba mentalmente la posición del sol, fijándome en como su calor influía en los vientos y en las corrientes marinas. Estaba atento a las mareas, siempre puntuales, que provocaban resacas al retirarse y arrastraban, mar a dentro, las ramas que lanzaba a las olas, para entender los pasillos que las corrientes dibujaban. Pero siempre llegaban a aquel Point of no return donde las rocas y el mar libraban su personal batalla.
Aún en los días de calma chicha, el espejo líquido, se fracturaba en el rompiente, engullendo mis planes junto con las ramitas que me guiaban. Nunca ninguna cruzó aquel límite, a veces creía escuchar una larga carcajada surgiendo de las profundidades de la espuma, pero seguro que eran cantos y conchas que entrechocaban en el fondo marino.

También observé, durante noches con luna, como el rompeolas trazaba una brillante pared blanca, orgánica y viva, encabritada en la penumbra.

Cruzar el límite seguro, la frontera que separaba una penosa supervivencia de un futuro incierto. Vencer el temor a perderlo todo lanzándose a la corriente, a merced de los elementos son suficientes estímulos que paralizan mis miembros y me aterran.

Lancé otra ramita al mar, justo cuando el oleaje se retiraba.

Tenía que tomar una decisión, asumir el riesgo, salir de mi cascarón o de todas formas iba a ser el fin de mis aventuras. Retar al arrecife era lo único que podía hacer, saltar su muro presentando batalla, con la cabeza bien alta, amarrado a mi precaria balsa, dejando la playa atrás.

Otros rompeolas, arrecifes y altísimas murallas de presidios imaginarios de mi pasado volvían a mis pensamientos, aumentando mi miedo y me hacían inoperante y obtuso, incapaz de pensar con claridad.
En otros tiempos, cabalgué sobre olas parecidas dejando que el viento me golpeara el rostro. En ocasiones, salvaba los obstáculos por fortuna, o por destino. En otras, el tesón y la inconformidad me empujaron franqueando mis límites y alguna que otra vez estrellé mi nariz con arrecifes invisibles. Nunca tuve certeza de conseguir mis objetivos, simplemente los planteaba y los llevaba a cabo.

La luz disminuía bajo el peso de la noche y él aíre empezaba a enfriar mis articulaciones. Observé los troncos anudados que formaban una pequeña plataforma y que mantenía varados en la playa, lejos de la línea de crecida. Hoy no había pescado nada, así que solo cenaría unas nueces salvajes. Luego intentaría dormir.

Acurrucado en mi refugio no conseguía conciliar el sueño. Cuando cerraba los ojos, el muro de espuma se proyectaba en mi cerebro y no dejaba de oír el rumor del rompiente en lo más profundo de la bahía. Temblaba de miedo, o de fiebre y casi deseaba que no amaneciera para no enfrentarme a la realidad.
Cuanto más tiempo pasaba, más débil y apático era mi ánimo y demoraba el momento de botar la balsa.
Encontraba excusas en cualquier pequeñez y revisaba los nudos que unían los troncos, decidía que el viento no era el propicio o que la provisión de agua dulce no era la suficiente. Consultaba a las gaviotas, perfeccionaba los rústicos remos o, en lo alto de mi roca, trazaba nuevas rutas que rompieran los rizos de agua.

Antes de agotar todas mis fuerzas y ser incapaz de discernir la realidad, de los espejismos del miedo, debo soltar amarras, empujar con suavidad la balsa. El arrecife está allí mismo, a un centenar de metros mar adentro. Justo en la línea donde rompen las olas.