martes, 9 de marzo de 2010

HYDE



TEXTO: MIQUEL FARRIOL
LECTURA: JULIÁN GIJÓN

Aun no despuntaba el sol que despierta a la ciudad y yo ya estaba acabando de afeitarme. Tenía por delante un día apretado, repleto de tareas imprescindibles que no podía descuidar y me sentía agotado ya antes de empezar la jornada.

Mientras me aclaraba el jabón restante del mentón una sombra cruzó en el espejo que presidía el lavamanos. Sobresaltado por el fugaz cambio de luminosidad, levante la vista.

El terror se apodero de mí. Justo enfrente, enmarcado por los límites del cristal, un rostro horrible me devolvía la mirada y se movía al mismo tiempo que yo lo hacía.

Creí ahogarme incapaz de controlar el aire que mis pulmones aspiraban y petrificado como estaba, no sé cuantos minutos transcurrieron antes de reaccionar.

El ser infernal se mantenía al otro lado del espejo, sin hacer nada, imitando mis gestos con una complicidad que no entendía. Sus enormes ojos de dragón se clavaban en los míos y, a pesar de sus terribles colmillos, mimetizaba la mueca de asombro que se me había quedado en los labios.

Tenía la piel grisácea como el granito y unas puntiagudas orejas, semejantes a las de los murciélagos.

Me mojé repetidamente la cara con la esperanza de que la visión se desvaneciera, pero el monstruo no se marchaba y termine por familiarizarme con sus rasgos.

¿De donde había salido aquello?, Y sobre todo, ¿Qué quería de mí?

Convencido de que la falta de descanso me había perturbado la razón recuperé el control y le di la espalda, abandonando el cuarto de baño.

Me apresuré con los últimos toques en mi vestimenta, abotone mi abrigo y salí a la fría mañana de aquel febrero funesto.

A medio camino de mi puesto de trabajo, una pareja embozada con bufandas y gorros de lana, se cruzaron conmigo y por un momento, nuestras miradas se encontraron.

Él más alto, sin duda, era un gigante devorador de niños, y su compañero un fauno con cornamenta retorcida.

En la esquina, una mujer solitaria también encaminaba sus pasos en dirección contraria a la mía y cuando estuvimos a la misma altura me fue fácil identificarla como una valquiria guerrera capaz de cortar la cabeza a quien amenazase sus intereses.

Poco a poco, rodeado de visiones llegue al local donde trabajaba y tras el ritual diario de encender las luces, recoger correo y poner en marcha ordenadores y maquinarias diversas me acomode a la espera de clientes. Ya clareaba sobre las azoteas y yo seguía evitando posar la mirada sobre cualquier superficie que reflejara mi imagen.

Entonces una bruja despeinada con un niño ogro entraron en el local y curiosearon por las estanterías de mercancías.

Y lo vi todo claro.

La gárgola del espejo no era una aparición de otra dimensión, sin duda siempre había sido yo. Yo mismo, o una de mis caras. Una más de tantas. Lo mismo que la bruja o el fauno, en cada una de esas entidades habitaban más personalidades de la que se veía a primera vista y nadie era el mismo durante todo el tiempo. Los temores que sentía se alejaron al comprender que hay momentos en que conviene ser un elfo suave y místico, o un bohemio trovador amante de la buena vida. Otros días es mejor que mister Hyde asuma sus responsabilidades y tome las riendas de los acontecimientos.

 Bienvenido, Mr. Hyde. Hoy tenemos trabajo por delante.
 Siempre me llamas cuando las cosas se te ponen difíciles. - Retumbo una voz en mi cerebro.
 Así es- Contesté a mi propio fantasma- Necesito de tu fuerza.
 Dime que hay que hacer, y lo are.

Y era cierto, yo, el vecino tranquilo y amable, podía ser una gárgola, un bufón, un entrañable acompañante o un brutal Hyde que se desenvolvía con seguridad en cualquier situación. Sin miedo ni verg? con toda la potencia de quien se sabe fuerte. Y los que me rodeaban también ocultaban monstruos en sus corazones que se disputan el poco espacio que ocupa el alma.

Quien me conoce sabe que soy un ser humilde, algo débil y propenso a la vaguería. Si por mí fuera, me alejaría de las multitudes y pasaría los días contemplando como danzan las nubes o como el viento mece las hojas de los árboles. Pero en el segundo milenio, la vida contemplativa no da de comer, ni viste mis carnes. Así que hace tiempo me propuse una lucha conmigo mismo y con los distintos habitantes de la caverna de mi espíritu. Y encontré a Hyde. Mi salvador.

Cuando dominas a los distintos inquilinos de tu personalidad, los alimentas y dejas que se desenvuelvan cuando toca, aprendes sus nombres y puedes llamarlos cuando te hacen falta. Así que dejaré que el espejo me devuelva la imagen de mi rostro desfigurado, o enviaré a Hyde en los momentos en que tenga que mostrar mi lado más fuerte, más seguro y embaucador. Puedo confiar en él ? que soy yo ? pues, puede llegar a ser encantador y sabe desenvolverse en cualquier baile de mascaras.

¿Cuantas personalidades más aprenderé a controlar?

¿Los médicos verán en mí al prototipo de esquizofrénico? ¿O reconocerán sus propias identidades?

¿Somos lo que somos?... O somos mucho más.

Yo estoy contento, aliviado, sigo siendo el soñador predispuesto a dispersarme, pecador y voluble, pero poco a poco, con el tiempo, aprendo a controlar a mis demonios para que se pongan a mi servicio.

Y de esta forma, cuando me hace falta y los acontecimientos me sobrepasan conecto con mi interior y saludo.

- Bienvenido, Mr Hyde.