viernes, 11 de marzo de 2011

HEROES


hoy me apetece ser parco en mis palabras y contar lo que siento sin artificios.
Cuando uno está pendiente de que le quiten los puntos de la cabeza y durante días se mira en el espejo para ver cómo evolucionan los moratones, se da cuenta de lo inútil de sus actos y las repercusiones que conllevan una reacción como la que tuve.
No quiero dramatizar con “lo que hubiese podido pasar”, pues no pasó, así que ya no importa. Lo que sí cuenta fueron los minutos y días posteriores a la reyerta.

No había pasado ni un minuto de la huida del pistolero y Sara regresó al local. La sangre en el escalón de la entrada y yo deambulando desorientado, con una toalla manchada en la cabeza, debimos de ser un panorama desconcertante para mi compañera. Sin embargo se hizo cargo con rapidez. Me inspeccionó con delicadeza y se apresuró en las llamadas de rigor, policía y ambulancia. Cerró, a medias, la persiana y nos mantuvimos a la espera.
Fuera, en la calle, empezó a correrse la voz... y las especulaciones. En catorce años, nunca habíamos cerrado en mitad de la mañana.
Solo transcurrieron cinco minutos y Policía Municipal llegaba al comercio. Al mismo tiempo Mozos d’Escuadra y los chicos de la ambulancia. En total, creo, que ocho tipos de uniforme.

La Berta, es la chica que tenemos en prácticas. Yo sabía que nos apreciaba y que se encuentra a gusto las cuatro horas diarias que tiene que pasar en la librería. Pero la conozco desde hace tiempo y sé que es extremadamente sensible y aprensiva. No quiero ni imaginar que le pasó por la cabeza cuando al llegar se encontró con aquel desastre. Lo que si se es cómo se comportó.
Tomó las riendas, tragando saliva, y se encargó de los curiosos que asomaban la cabeza, tranquilizó a Sara y me transmitió toda su ternura.

Luego llegaron los de Investigación y las primeras declaraciones de los hechos. Llamadas por Walqui-Talqui, despliegue de efectivos y el primer vendaje a lo momia.

En el mismo momento en que nos trasladaban en la ambulancia, detenían a uno de los atracadores. De hecho tuvimos que esperar, pues el dispositivo policial cortaba la calle. No nos habíamos alejado ni cincuenta metros de mi negocio. Uno de los malos, era vecino y lo detuvieron cuando intentaba saltar por los patios colindantes con su residencia. Su madre gritaba, ¡Racistas!...

Médicos de urgencias desagradables, un nuevo traslado, ahora a comisaria, más declaraciones y Sara siempre a mi lado. Apretando los dientes.

Pasadas cinco horas del incidente, volvimos a casa. En urgencias aparecieron familiares compungidos y Berta que le pidió a su padre que la acompañara por no dejarnos solos. Así que estábamos arropados.

Sara, me miró y le dije que adelante. Se puso el abrigo y volvió al local. Abrió la persiana, fregó la sangre desde la entrada al almacén y se puso tras el mostrador hasta que acabó la jornada.

Y así ha seguido. Fuerte. Mucho más de lo que ella se creé. Superando el temor y mirando al frente. Sin reprocharme nada. Sin poder pasar página porque el desfile de gente interesándose por mi estado, aún hoy, una semana después, resulta agotador, aunque estamos agradecidos por tanto afecto.

Entre ella y Berta, dos mujeres de bandera, me tienen mimado hasta el extremo y no me dejan estar en el local, aunque yo hago mis incursiones y atiendo algunos asuntos.
Yo las admiro, porque las conozco y se dé su fragilidad y su injustificada modestia. Porque el heroísmo está reñido con la inconsciencia y solo tiene fundamento si parte de una acción premeditada. Como cuando Sara se puso el abrigo o Berta decidió ser adulta aunque no le tocaba.

Con el tiempo, lo que pasó, se desdibujará y lo enterraremos junto a los malos recuerdos pero yo, que he tenido tiempo para pensar, guardaré esta lección de humildad, honor y valor que mis chicas me regalan. Gracias, mis niñas. Gracias por todo, mi amor.

P.D. Por cierto, también gracias a todos, chicos.